Dr. Luis Chiozza
Capítulo VII
EL FALSO PRIVILEGIO DEL PADRE EN EL COMPLEJO DE EDIPO 1
En trabajos anteriores (Chiozza, 1984b [1967], 1970i [1967-1969], 1984c [1970]; Chiozza y Wainer, 1973a) sostenemos (apoyándonos en la tarea clínica, el psicoanálisis aplicado y los desarrollos teóricos de otros autores) que tanto el deseo incestuoso como el horror al incesto encubren y representan fantasías más precoces en el desarrollo individual.
Durante la realización de esa tarea se hizo evidente un aspecto del complejo de Edipo (al cual nos referiremos enseguida) cuya importancia reside, sobre todo, en que lleva implícito un modo particular del pensamiento, que se ejerce, de manera inconciente, cotidianamente, en detrimento de sentimientos y actos adecuados a la realidad, en las diferentes formas de la convivencia humana.
Freud (1923b, pág. 1223) afirma que junto al mandato: "Así (como el padre) debes ser", existe el mandato opuesto: "Así (como el padre) no debes ser, no debes hacer todo lo que él hace, pues hay algo que le está exclusivamente reservado". Lo prohibido en esta formulación, el coito con la madre del sujeto, incluye aparentemente la prohibición de la identificación completa con el padre bajo la fórmula: "Así (como el padre) no debes ser".
Se configura de este modo lo que Freud (1923b) denomina una "doble faz del ideal del yo", que, en lo que respecta a la identificación, adquiere el significado de dos mandatos opuestos y contradictorios: "Debes ser como tu padre" y "No debes ser como tu padre".
Si profundizamos en el estudio de la formulación de Freud advertimos sin embargo que en realidad no se prohibe al hijo algo que el padre puede, en cambio, realizar. Es evidente que la misma prohibición puede ser expresada también de otra manera: "Así (como el padre) debes ser, debes hacer todo lo que él hace y no hacer lo que él no hace; no debes realizar el coito con tu madre así como él no lo realiza con la suya".
También aquí lo prohibido es el incesto. También queda excluido el hijo y no su padre del coito con la madre del sujeto. Pero, en esta segunda formulación, la prohibición no comprende a la identificación completa con el padre. Por el contrario, en este caso precisamente una identificación completa con el padre refuerza la prohibición del coito incestuoso"2.
La formulación de Freud, incompleta desde el punto de vista teórico, describe sin embargo una realidad que se observa en la clínica. El niño, y por lo tanto también el neurótico3, interpreta que el padre puede realizar el acto que a él se le prohibe, en la medida en que experimenta el permiso y la prohibición frente a una mujer que, desde el punto de vista de su presencia material, aparece como la misma para el padre y el hijo.
La capacidad para distinguir en esa mujer dos personas distintas, dos "objetos" ("la madre" y "la esposa") que derivan del ejercicio de funciones diferentes en el triángulo edípico, es una adquisición que depende de la posibilidad de construir una realidad interna, en el terreno de la idea, dentro de la cual se entretejen los datos de la percepción sensorial actual con el recuerdo, para estructurar la imagen de una persona como producto de un vínculo.
En la medida en que esa capacidad es una adquisición compleja y tardía, resulta especialmente vulnerable a los ataques que, al servicio de las fantasías optativas, condicionan la regresión del pensamiento.
En la teoría psicoanalítica encontramos los elementos que nos permiten comprender en alguna medida cómo se integra la capacidad que nos ocupa. Freud (1905d) establece que la ausencia del objeto capaz de satisfacer la necesidad engendra a un mismo tiempo el recuerdo y el deseo, cuando el impulso emanado de la necesidad insatisfecha inviste la huella mnémica inconciente de la anterior experiencia de satisfacción.
El objeto materialmente ausente (es decir, el objeto que no excita los signos de cualidad de la conciencia que denotan su presencia sensorial) adquiere así una presencia "ideal" a través del recuerdo y el deseo. Si realizamos un hipotético ordenamiento cronológico encontramos, en el proceso que acabamos de describir, el primer eslabón en la creación del mundo de la idea.
El segundo paso es mucho más importante y mucho más complejo. A partir de la defensa primaria (que debe su origen a la huella mnémica de la experiencia alucinatoria dolorosa) se adquiere la capacidad de pensar frente a la ausencia material del objeto, utilizando el recurso de investir con pequeñas cantidades, tentativas, las ideas asociadas con los datos de la percepción sensorial actual, constituyendo otros tantos proyectos de acciones supuestamente eficaces, destinadas a la satisfacción de la necesidad mediante el previo reconocimiento de la identidad de los objetos materialmente presentes. Llegamos así a nuestro conocimiento conciente de dos tipos de presencias y dos mundos: el mundo de la materia y el mundo de la idea. El mundo de los objetos ideales, de este modo constituido, se enriquece debido a una nueva vicisitud de la defensa.
Si pensamos en los términos de un desarrollo arcaico, a los cuales Freud solía recurrir, podemos imaginar un hipotético instante primitivo en el cual la identificación con el padre coincidiera con su incorporación material. Se trataría de una primitiva identidad o coincidencia entre ingestión e introyección. Es posible suponer entonces que la necesidad (surgida de la ambivalencia) de preservar al padre de "esta modalidad del amor compatible con la destrucción del objeto" (Freud, 1915c, pág. 1056) conduzca a la disociación del mecanismo de la identificación introyectiva en un aspecto "ideal", que se realiza con el padre, y un aspecto material que se realiza con el animal (alimento) que configura al principio un tótem, gracias también a que se presta para la realización del deseo primitivo (Freud, 1912-1913).
Una tal disociación eidéticomaterial de la introyección (Chiozza, 1970a) recibe además un refuerzo en la relación oral secundaria del niño con la madre. La introyección de la madre, primitivamente unida de manera indisoluble a la ingestión de la leche materna durante la etapa oral primaria, se disocia de la incorporación del alimento cuando la aparición de los dientes conduce simultáneamente a la capacidad de infligir un daño al objeto original y a la posibilidad y el deseo de la ingestión de carne.
La percepción sensorial de los objetos, en cuanto constituye una presencia "ideal" de éstos en el mundo interno (aunque se acompañe de los signos de cualidad que denotan su presencia material), configura una introyección "ideal" de esos objetos, que simboliza y representa el proceso de su incorporación o ingestión material. Puede por lo tanto ser considerada como la repetición inconciente de una conducta arcaica que encontraba su finalidad en un ensayo, tentativo, de ingestión, realizado (como paso intermedio) con el pensamiento, como si fuera el cumplimiento de un deseo aunque sin la descarga de la plena cantidad.
La introyección "ideal" del padre conduce a los desenlaces conocidos: en pa rte es completamente asimilado en el yo, y en parte contribuye a la formación de la instancia que en el mundo interno conocemos como ideal del yo.
Este último aspecto es el que nos interesa ahora, porque es precisamente este ideal del yo aquel que, como imagen interna del padre, constituye la figura frente a la cual aparece la problemática de la identificación a la cual nos referimos4.
Si en la constitución de esta imagen ideal participa el pensamiento y el conocimiento de la realidad discriminada en las nociones de espacio y tiempo que posibilitan el reconocimiento de la continuidad de una misma persona en circunstancias diferentes de aparición en la conciencia, el hijo adquiere la noción de que su madre no es "la madre" del padre, e integra esta noción con su deseo edípico.
Es entonces capaz de utilizar de manera instrumental la identificación proyectiva, cuyo "primer eslabón" es endopsíquico (Heimann, 1951), para "ponerse en lugar" del padre y comprender, con ayuda de la historia, que el padre, cuando ha tomado por esposa a la actual madre del hijo, ha renunciado a casarse con su propia madre.
De acuerdo con lo que llevamos dicho aquí, la confusión señalada entre las distintas personas (designadas como "madre" y "esposa") que se manifie stan en la presencia material de una misma mujer, confusión presente en el hijo cuando interpreta que el padre puede realizar lo que a él le está prohibido, debe su génesis a la persistencia de un pensamiento primitivo que opera al servicio de una fantasía optativa5.
El carácter irracional de esta forma arcaica del pensamiento permanece encubierto por la evidencia directa de los sentidos que confunde dos "objetos", dos personas, en una misma presencia material. La percepción sensorial colabora de este modo en la construcción de una apariencia sometida al deseo inconciente de inhabilitar mediante la razón una prohibición odiada.
Las consecuencias que derivan de este ejercicio particular del pensamiento poseen una enorme importancia, tanto en lo que respecta a la constitución de una "opinión pública" inconciente que configura una vigencia social operante, como en el desarrollo de las vicisitudes propias del proceso psicoanalítico durante la ejecución de un tratamiento.
El estudio de este tema merece un amplio desarrollo que escapa a las posibilidades de este trabajo. Es posible sin embargo entrever las líneas y el panorama que se presentan a la investigación.
Si tenemos en cuenta que el padre aparece como el poseedor de un privilegio que no tiene, cuando en realidad es el hijo el que intenta o pretende gozar de ese privilegio, podemos sospechar que esta particular concepción de una injusticia6, que se demuestra falsa, en el triángulo edípico, configura el modelo mental primitivo del sentimiento de injusticia frente a algunas características del mundo social que sólo en apariencia son injustas. Genera, además, desde uno u otro rol, y a través de múltiples mecanismos, la realización de efectivas injusticias encubiertas que adquieren plena vigencia.
En lo que respecta a la constitución de la familia a partir de este sentimiento de injusticia se incrementa la rivalidad edípica y sus vicisitudes, entre las cuales se cuenta un incremento retroactivo de la ansiedad de castración con un refuerzo de la fijación fálica.
Mencionemos también, por su importancia, que la envidia en el hijo por el goce del padre, valorado erróneamente como si se tratara de la consumación material del incesto7, constituye un modelo mental general de los sentimientos envidiosos. La envidia se caracteriza por la proyección, sobre la situación envidiada, de otra situación ideal configurada por el goce que el sujeto que experimenta envidia es capaz de imaginar; goce que no suele coincidir con aquel otro que el sujeto envidiado alcanza.
Por último señalemos lo que la observación clínica nos muestra: el análisis, en el campo de la transferencia, de los motivos que sostienen esta persistencia del pensamiento primitivo, conduce al paciente hacia la etapa genital secundaria, atempera la rivalidad y la envidia frente al analista, y la transferencia adquiere un matiz nuevo y diferente que podemos denominar fraterno, ya que desde este punto de vista el padre y el hijo comparten como hermanos una misma prohibición impuesta por una evolución que adquiere el nombre de cultura.
Notas
1 El contenido del presente capítulo fue publicado, por primera vez en la Revista de Psicoanálisis, t. XXXIV, No 1, págs. , Buenos Aires A.P.A., 1977.
2 Juanito, el protagonista de uno de los historiales escritos por Freud (1909b), "conocía" esta "posición complementaria" del padre y del hijo frente a la misma mujer cuando, deseando casarse con su madre, soluciona la soledad del padre proponiéndole a él que se case con la suya, abuela de Juanito. Un conocido chiste popular revela un contenido semejante. (Un padre que encuentra a su hijo en una actitud "lujuriosa" hacia su abuela paterna, se lo reprocha diciéndole, "como te atreves a hacer eso con mi madre", y el niño le responde, "acaso tu no haces lo mismo con la mía").
3 La calificación de "neurótico", usada en este punto, adquiere un carácter que no es incorrecto como adjetivo de un rasgo o mecanismo, pero si tal vez excesivo, si lo consideramos en el sentido global que anuncia la palabra "el" que le hemos antepuesto a la manera en que solía hacer Freud. Constituye precisamente el aspecto más digno de mención en todo este desarrollo, en que la fuerza de ese modo de pensar que se nutre de las apariencias sensoriales directas y que opera en primera instancia en cada uno de nosotros, se apodere cotidianamente, al servicio de los deseos inconcientes, de aquellas conclusiones que evitamos someter a un juicio secundario cuidadoso.
4 Aquí aparece "el nombre del padre", constituyente, según el pensamiento de Lacan (Rifflet Lemaire, 1971), del orden simbólico como imperio de la ley y como acceso a la palabra. La relación de este pensamiento con el tema de este trabajo merece un estudio detallado que no podemos emprender ahora, pero debería incluir los interesantes planteos, acerca del orden social y del lenguaje, que fueron realizados por Ortega y Gasset (1950).
5 Esta confusión no suele darse, por ejemplo, en el caso de la abuela y la suegra, aunque es muy frecuente que estas dos personas distintas coincidan en una misma mujer.
6 Es imprescindible no confundir, en este punto, el sentido del análisis que emprendemos. No se trata aquí de pronunciarse en favor o en contra de una lucha contra una prohibición instaurada por la sociedad o por la cultura. Se trata en cambio de señalar el equívoco trascendente que surge de aducir, como fundamento de la pretensión que esa lucha sostiene, un derecho que emana del haberse ejercitado anteriormente un privilegio, cuando dicho privilegio es sólo una apariencia.
7 Son varios los planteos que confluyen en este punto. Estamos acostumbrados a pensar (en nuestras discutidas extrapolaciones psicoanalíticas al campo de la antropología) en la existencia de un padre primitivo que usufructuaba el privilegio de la consumación material del incesto. Este modo de pensar podría ser considerado prima facie como una objeción a las ideas que estamos exponiendo. Para explicar el "sentimiento de injusticia" surgido frente a la prohibición del incesto, ¿no será suficiente con tener en cuenta la proyección (sobre el padre actual) de la imago de un arbitrario padre arcaico que en el pretérito existía efectivamente en el llamado mundo externo? No podemos retomar aquí, como lo hemos hecho en otro lugar (1984c [1970]), interesantes cuestiones que plantea el problema del sentido que debe otorgarse a la reconstrucción de una historia obtenida mediante el estudio de la realidad presente en el campo de la experiencia psicoanalítica. La interpretación se nutre de una serie complementaria en uno de cuyos extremos colocamos el suceso desconocido que realmente ocurrió en el mundo externo del pretérito y en el otro la representación que pone en escena, bajo la forma de una sucesión cronológica encubridora, la realidad inconsciente que está ocurriendo en el presente. Debemos ocuparnos en cambio de señalar la existencia de una paradoja que importa a la línea fundamental de este trabajo. La idea de un arquipadre primitivo ejercitando la consumación material del incesto forma un conjunto coherente con la afirmación de que la prohibición del incesto marca el pasaje de la naturaleza a la cultura. Pero, ¿es acaso posible el incesto sin la cultura?. Dejemos aquí planteada una respuesta que permite profundizar en el sentido que adquiere la pregunta. La consumación material del coito endogámico en la naturaleza no adquiere la fuerza plena del deseo ince stuoso ni su significado cabal, en la medida en que la ausencia de la prohibición proviene de la indiscriminación de la "persona" que es el objeto del deseo y el acto. Para que este deseo y este acto adquieran el carácter del incesto es necesario que el objeto haya sido preferido por haber sido reconocido y "personificado" mediante el recuerdo de una historia que es el producto de un vínculo específico.