Dr. Luis Chiozza
Capítulo VIII
EL CORAZON TIENE RAZONES QUE LA RAZON IGNORA 1
Cuando uno reflexiona acerca de lo que significa el corazón (o el sistema circulatorio todo) como parte y manera de la vida de un hombre, la primera dificultad con que tropieza consiste en que la importancia enorme que este significado tiene lo convierte en un tema tan amplio y tan profundo, y por lo tanto tan apropiado al mismo tiempo para adjudicarse la representación de las más diferentes situaciones y sucesos, que parece casi imposible abstraer de ese todo alguna esencia.
Sin embargo, así como existe un corazón, existe un aspecto cardíaco en la vida, y es necesario remover esa fronda de significados (en la cual se acumulan las importancias más disímiles como si fueran semejantes) para comprender de qué buena o mala "cardíaca manera" se enfrentan las vicisitudes de una vida.
El nombre que utilizamos hace algunos años para titular a este tipo de búsqueda, ''investigación de las fantasías específicas" (Chiozza, 1963a), hoy, a punto de iniciar una nueva etapa, ya no satisface plenamente, sin embargo fue y continúa siendo útil no sólo para tipificar un método y un propósito que llevan implícito un modo de pensar, sino, precisamente, para comprender que no todo representa a todo por igual.
Existen, entre las importancias, diferencias, y estas diferencias constituyen, por un lado, el motor de la vida, y por otro la posibilidad de distinguir una figura sobre un fondo, posibilidad que parece ser la base y fundamento de cualquier tipo de conciencia.
El corazón no significa cualquier cosa imaginable, o no lo significa por igual, como pueden hacérnoslo creer las toneladas de papel que sobre él se han escrito. Aquí, cuando digo ''sobre él" (sobre el corazón), recorro nuevamente la ruta del mismo problema. ¿A qué corazón me refiero? ¿Al de los anatomistas o al de los fisiólogos? ¿Al de los cardiólogos o al de los enfermos? ¿Al de los cazadores o al de los poetas?
Debemos insistir en que precisamente de este problema se trata. Justamente porque el corazón que conoce el cardiólogo es más diferente del que conoce el fisiólogo de lo que a ambos les gustaría admitir, y es también diferente del que conoce el poeta, es que se hace absolutamente imprescindible hablar alguna vez solamente de lo que todos ellos tienen en común. Sin la existencia de "ese algo específico común" que constituye lo que llamamos "lo cardíaco" (Chiozza, 1963a) o "la fantasía inconciente específica cardíaca", nunca podríamos llegar a saber, "en serio", qué es el corazón.
El hallazgo de esa fantasía específica es sólo un logro transitorio que resulta válido para el intervalo que separa dos crisis sucesivas en el largo camino constituido por la continua "puesta en obra" de los conocimientos adquiridos. Pero no debemos engañarnos: si este logro transitorio es de veras un logro, gozará de esa cierta estabilidad y permanencia que distingue a lo que consideramos verdadero.
Hace algunos años (en 1965), en un grupo de estudios constituido con J. Elenitza, V. Laborde, E. Obstfeld, J. Pantolini y E. Turjanski, estudiamos la relación existente entre las ofensas y el daño cardíaco, el símbolo del "pecho" como representante del valor y el esfuerzo, la nobleza "coronaria" del corazón, la sangre "azul" y la injuria narcisista, el paro cardíaco como producto del "susto" ante la muerte, los recuerdos como modos de un "volver al corazón". Pocos años después Furer (1971, 1978) distingue entre lo que designa "coraje" y lo que designa "valor" como rasgos del carácter cardíaco, y también diferencia la reminiscencia del recuerdo; considera que el corazón no sólo "recuerda" lo pasado sino que también "presiente" el porvenir.
Cuando uno reflexiona acerca de lo que significa el corazón y trata de distinguir entre lo fundamental y lo accesorio, hay una idea que retorna, y en ese mismo retornar incesante, como el eterno batir de las olas en la playa (o como el volver de la sangre al corazón) se reitera la alegoría de un ritmo "marcapaso" de la vida que, extendido casi desde la fecundación (Patten, 1960) hasta la muerte, crea la idea del tiempo sin someterse a ella, puesto que constituye su matriz.
La esencia de lo cardíaco, su fantasía específica, parece ser el ritmo como calidad. Ese tictac de metrónomo cuya velocidad y manera se ajusta a la cualidad de cada instante y que, complicado en múltiples y disimulados redobles, engendra la música y el habla (Clauser, 1971; Leboyer, 1974) como engendra la capacidad de construir la noción de lo que transcurre y lo que dura, lo que "sucede" y lo que forma parte de la magia del momento.
Por eso creo que, más allá de la trivial y opaca afirmación de que el corazón representa al órgano de los sentimientos, el corazón es el órgano del presentir y el recordar (Furer, 1971). Quiero insistir en este punto y reformularlo con el valor que le otorga el considerar la existencia de un tiempo primordial (Chiozza, 1979a [1977-1978-1979], 1978b).
El tiempo como magnitud física, como dimensión, el tiempo del reloj, el que se presenta a los sentidos, es un engendro estrecho que concentra una parte de la función cardíaca adaptada a las leyes de la función cerebrosensorial. El engendro "completo" es el tiempo vivido (Minkowsky, 1968) o tiempo del instante (Bachelard, 1932). La idea de transcurso, o la de duración, pulsa, antes de nacer como idea, en distintos períodos o frecuencias que constituyen diferentes amplitudes del presente.
El presentimiento y el recuerdo, como derivados de la calidad del ritmo momentáneo, son, ante todo, los productos ''anímicos" del funcionar cardíaco. Por este motivo el recordar no es un retorno del pasado ni el presentir una anticipación del futuro. Por el contrario, es el recuerdo y su nostalgia el que engendra lo pasado, del mismo modo que es el presentimiento deseado o temido, y prefigurado inevitablemente en todo ritmo, el que crea lo futuro. Ya que ambos, presentimiento y recuerdo, "pálpito" y nostalgia, no son realidades físicas sino históricas (Chiozza, 1976h, 1978b). El futuro y el pasado no pueden ser sensorialmente percibidos; existen sólo como idea que, desde el acto o en el acto, amplifica el instante presente y lo significa mediante la atribución de su importancia.
El tiempo presente, que es el tiempo actual, es presencia y es acto. Es presencia como cosa (objeto) evidenciada por la función cerebrosensorial, y es acto como valor (significancia) sentido mediante la fundamental intervención de la función cardíaca, que pasa así a adjudicarse la representación del tiempo primordial. De un modo esquemático diría que el corazón es al tiempo lo que el ojo es al espacio.
Si el cerebro y los sentidos son los órganos artífices de la noción de cantidad y de espacio que da lugar a la física y a la "ratio", que es "cuenta" (Corominas, 1961) y es razón, y es diferencia (Bateson, 1970), el corazón, sus arterias, y el sistema neurovegetativo, son los órganos artífices de la noción de calidad y del tiempo en el cual "se desenvuelve" la historia y el ritmo, que es "pálpito", es período , es acento y es importancia.
Mientras que la función cerebrosensorial manifiesta, pone al alcance de la mano, al cuerpo físico presente y lo identifica como "cosa diferente" mediante un proceso que llamamos secundario, la función "vegetativa" cardíaca, en cambio, late al significado histórico actual y le atribuye, mediante un proceso primario, esa importancia esencial que denominamos "latente".
Por este motivo "presentir", que en la conciencia se atribuye a "anticipar lo porvenir", es primordialmente "prefigurar al sentimiento", y ocurre siempre con el compromiso inconciente de un recuerdo.
Hemos entrado de lleno en la conmovedora sabiduría de Pascal: "El corazón tiene razones que la razón ignora". Se abren ahora múltiples cuestiones que ahora es imposible explorar.
¿Por qué la palabra "corazón", que es un aumentativo utilizado para el órgano del hombre valeroso o la mujer amante, apunta a la magnanimidad del hombre y desconoce al hombre pusilánime?
¿Por qué los italianos distinguen entre perder un recuerdo de la mente, es decir "dimenticare" , y arrancarlo del corazón, cuando dicen "scordare", y en cambio los hispanohablantes preferimos subrayar al olvidar, que significa la obliteración o censura del recuerdo?
¿Por qué los franceses acentúan el valor de saber qué contiene nuestra "corazonada" cuando para referirse, por ejemplo, a una lección que se repite de memoria, dicen "par coeur"?
¿Cómo nace en el seno del músculo cardíaco (ese extraño sincicio de núcleos en un citoplasma compartido) la "semilla" neurovegetativa de los diferentes ritmos que sostiene? ¿Qué significa la rica patología de cada una de las diferentes arritmias y bloqueos?
¿Cuál es la interioridad (Chiozza y colab., 1969a) de la digital y por qué el vegetal produce esa sustancia capaz de calmar el ritmo "vegetativo" desbocado con que palpita el corazón "animal"?
Queda la sangre, por fin, la sangre animal, que se atesora y se derrama, que aparenta recorrer incansable su circuito, que impregna el corazón y lo rellena, que en cada instante vuelve para irse y se va para volver, que constituye la vida del corazón y su motivo.
Notas
1 El texto de este capítulo pertenece a un trabajo presentado en las Jornadas sobre el Enfermo Cardiovascular, realizadas el Centro de Investigación en Psicoanálisis y Medicina Psicosomática (CIMP), en Setiembre de 1978. Se publicó por primera vez en el libro Trama y figura del enfermar y del psicoanalizar, Luis Chiozza, Editorial Paidós, Buenos Aires, 1980.