Presencia, transferencia e historia
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Dr. Luis Chiozza

Capítulo IX

ENTRE LA NOSTALGIA Y EL ANHELO 1
Un ensayo acerca de la vinculación entre la noción de tiempo y la melancolía

 

Para nosotros, físicos convencidos, esta separación entre pasado, presente y futuro no tiene más que el valor de una ilusión, aunque tenaz.

Albert Einstein (Citado por Jean Charon, 1977)

 

Identidad y oposición entre recuerdo y deseo

La teoría psicoanalítica postula que el deseo se constituye cuando la necesidad, emanada de la fuente instintiva, carga la huella mnémica de una experiencia de satisfacción. El temor, en cambio, cuando la carga recae sobre la huella mnémica de una experiencia dolorosa. Desde un punto de vista metapsicológico, el recuerdo se constituye también como carga de una huella mnémica. En cualquiera de estos tres casos, cuando la descarga progresa hacia la esfera motora del yo y hacia la conciencia, adquiere la forma de un "complejo" polifacético configurado por ideas, emociones, motivos y actos.

Desde un punto de vista estrictamente metapsicológico, el deseo y el temor en nada se diferencian del recuerdo. Tanto la tópica y la economía, como la dinámica, son las mismas para el deseo, el temor y el recuerdo. La diferencia entre el deseo y el temor reside en la cualidad del afecto evocado. La diferencia entre el deseo (o el temor) y el recuerdo consiste en el tiempo implicado. El deseo y el temor "apuntan" al futuro, el recuerdo "apunta" al pasado. La descripción de esta diferencia de sentido o dirección puede completarse añadiendo que todo deseo (o temor) que llega a la conciencia implica un recuerdo inconciente y que, viceversa, todo recuerdo que se hace conciente implica un deseo o un temor inconciente.

Este concepto de "el tiempo implicado" no pertenece a la metapsicología, lo cual no nos preocupa demasiado desde qu e hemos adquirido la certeza de que la teoría psicoanalítica no cabe entera en los desarrollos de la metapsicología y se hace necesario trazar, junto a esta última, una metahistoria. El problema reside en que a pesar de que parece obvio (o quizás precisamente por eso), no es fácil profundizar en la comprensión de lo que significa "apuntar" hacia el futuro o "apuntar" hacia el pasado.

"Pasado" y "futuro" son significados que se refieren a significados, y no cabe duda, por lo tanto, de que profundizar en su comprensión es asunto de una metahistoria, ya que la metahistoria abarca todo cuanto es temática y significación. Pero la dificultad surge del hecho de que los conceptos "tiempo pasado" y "tiempo futuro" no solamente aportan muy poco al esclarecimiento de lo que diferencia al recuerdo del deseo y el temor, sino que, además de ser en si mismos y a fuerza de "naturales" muy poco iluminadores, parecen ser ellos los que necesitan ser esclarecidos a partir de una mejor comprensión de la diferencia entre el recuerdo y el deseo.

Todo parece sencillo: pasado es lo que pasó, futuro lo que vendrá, y cualquier profundización en este asunto toma la forma inquietante de una filosofía peligrosa que no sólo parece hallarse lejos de toda necesidad clínica, sino que, para colmo, amenaza la estabilidad de nuestra imagen del mundo.

Sin embargo, no ha sido solamente la teoría (a partir del investigar en la doble organización de la conciencia, en el concepto de psiquismo y en las fantasías cardíacas) la que nos ha llevado a contactar con autores que se han ocupado de destacar las aporías de la crono–lógica, y sobre todo con el hecho de que pasado y futuro son construcciones mentales y no son existentes de por si, independientes del modo de pensar del hombre. Ha sido también la c línica, bajo la forma de esa manera "cardíaca" de la melancolía que se llama "nostalgia", la que inclinó nuestro interés hacia este tema.

En otros trabajos (Chiozza 1978f, 1979a [1977-1978-1979]) discutimos algunos aspectos referentes al tiempo crono–lógico, físico o "real", afirmando que es un tiempo imaginario que adquiere un carácter secundario frente al tiempo primordial o esencial, que es el tiempo del instante vivido como cualidad. Nos ocuparemos ahora de la nostalgia y el anhelo como los gérmenes, en el instante presente, de las nociones "pasado" y "futuro".

 

Una forma cardíaca de la melancolía

La melancolía es una enfermedad conocida desde antiguo que se caracteriza por tristeza, depresión y dolor moral. El psicoanálisis la ha descripto como una patología del duelo vinculada con el período oral del desarrollo libidinoso y con su ambivalencia, postulando en ella una forma particular de introyección que conduce a la existencia de un mundo interno disociado, caracterizado por la existencia del autorreproche y la queja. A partir de este punto ha llegado a ser considerada una estructura constitutiva fundamental del psiquismo tanto en condiciones normales como patológicas.

La evolución de este cuadro y sus características permiten distinguir formas clínicas muy diferentes, de modo que con la palabra "melancolía" designamos en realidad un conjunto que agrupa enfermedades diversas que poseen una estructura constitutiva común. Muchas de estas formas clínicas son clásicas: la melancolía estuporosa, la melancolía ansiosa, el delirio melancólico, la fase depresiva de la psicosis maniacodepresiva, la depresión involutiva, la depresión reactiva, etcétera. La investigación psicoanalítica de las enfermedades somáticas ha iluminado con una nueva luz este tópico.

El estudio de los enfermos de úlcera gastroduodenal, en los cuales Garma (1964) describió una fijación oraldigestiva, nos enfrenta con una melancolía "digestiva" en la cual la acritud, el sarcasmo y el remordimiento, forman la parte predominante de los autorreproches y quejas inconcientes que constituyen su mundo interno. El estudio de los fenómenos autoinmunitarios (Laborde, 1974a y 1974b) permitió comprender las variantes más regresivas de estos ataques autodiges tivos.

La investigación de las enfermedades hepáticas (Chiozza, 1963a, 1970a), tal como la etimología del término melancolía (bilis negra) permitía sospechar, nos brindó acceso al esclarecimiento de las variantes de esta enfermedad en las cuales el predominio recae sobre la amargura y el hastío íntimamente relacionados con el letargo, la envidia y los celos coartados en su fin.

Nuestro interés en las enfermedades cardíacas enriquece ahora nuestra comprensión de aquellas formas en las cuales predomina la nostalgia, el romanticismo y la añoranza, de las cuales Freud (1916a [1915]) se ocupó en su ensayo "Lo perecedero". Estos sentimientos están admirablemente expresados en los versos inmortales con los que Jorge Manrique despide los despojos mortales de su padre:

Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte,
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquier tiempo pasado
fue mejor.

 

Nostalgia, anhelo y ansiedad

"Nostalgia" es un término internacional del cual, curiosamente, se conoce a su inventor. Fue, según Corominas (1961), Johannes Hofer, en el año 1688, quien lo creó a partir de las voces griegas nóstos y álgos para significar el deseo doloroso de regresar.

Su uso actual, más abarcativo, incluye ese "mal de ausencia" que se constituye como dolor por lo que fue y ya se ha ido, cuyo punto culminante lo encontramos en el penoso proceso de sobrecarga de los recuerdos que constituye una fase del duelo y determina esa profusión de recuerdos hipernítidos que se presentan en accesos, para los cuales la sabiduría popular confeccionó la frase "me asaltan los recuerdos". Freud se pregunta, sin dar respuesta, por qué el desprendimiento de la libido de sus objetos debe ser necesariamente un proceso tan doloroso (Freud, 1917e [1915]).

Antes de analizar a fondo esta cuestión de la nostalgia en la búsqueda de una comprensión más profunda, debemos prestar alguna atención a sus opuestos temporales, el anhelo y la ansiedad.

Acerca de la ansiedad diremos que su etimología, a través del latín anxius, que deriva de ango, vincula a este término con el vocablo "angustia", que, como sabemos, tiene en su origen el significado de angostura y opresión que los psicoanalistas vinculamos a la experiencia traumática del nacimiento con sus componentes de atolladero estrecho y anoxia.

Pero la ansiedad se emparenta, además, por su origen etimológico, con "las ansias", expresión que designa al deseo vehemente. Nos referimos también a este deseo vehemente con la palabra "anhelo", que primordialmente denota el "respirar con dificultad" correspondiente a la expresión latina anhelare.

En el uso habitual ambos términos, "anhelo" y "ansiedad", amplían y diferencian su sentido para abarcar, en el caso del "anhelo", a ese deseo cargado de esperanzas que, soliviantando nuestro ánimo, lo lanza en pos de una dicha imaginada, y, en el caso de la "ansiedad", a ese temor innominado que bajo la forma de una expectación angustiosa nos llena de aprensión frente a lo desconocido por venir. Si el núcleo del anhelo es un deseo y el núcleo de la ansiedad es un temor, la etimología nos demuestra otra vez lo que ya el psicoanálisis nos había enseñado acerca de la última e íntima implicación recíproca entre deseo y temor.

Dejaremos ahora de lado el tema del temor y la ansiedad, cuyo opuesto temporal es el recuerdo traumático, para ocuparnos de la nostalgia y el anhelo, ya que, más allá de las apariencias, la nostalgia encubre y representa al recuerdo penoso de un pasado traumático y el anhelo lleva implícito el temor que barrunta un doloroso futuro.

La nostalgia y el anhelo atenazan el instante presente y lo amplían con la imagen de un pasado añorado o la de un futuro placentero. Todo instante es siempre eso: la presencia de una nostalgia que lleva implícito el dolor por un anhelo imposible, o la presencia de un anhelo que constituye el disfraz de una nostalgia. Acuden aquí las palabras que Weizsaecker (1956 [1951]) enuncia como su pequeña filosofía de la historia: Posible es lo no realizado, lo ya realizado es lo imposible. Conmovido por esta cuestión, en octubre de l977 escribí:

 

¿Por qué razón absurda pero fuerte,
en la añoranza de la vez primera,
se prefigura el triunfo de la muerte
y lo imposible me obliga a que lo quiera?
¿Por qué debo querer lo que ya ha sido
si lo que ha sido, ha sido sin querer?
¿Por qué entonces, frente al tiempo que se ha ido,
finjo querer lo que no pudo ser?

Una inversión en el planteo del tiempo

Apoyándonos en nuestro concepto habitual acerca del tiempo, que opera como una creencia inconciente indubitable que jamás es puesta en juicio, sostenemos que la nostalgia proviene de un pasado cuya existencia independiente trasciende a la existencia del hombre sometido al tiempo, y el anhelo se dirige hacia un futuro también independiente.

Partiremos de una tesis distinta que nos ofrece las ventajas de lo que Ortega (1932–33) denominaba patencia o evidencia inmediata, es decir la derivación directa de las vivencias que se presentan a nuestro campo de conciencia. Sostendremos, de un modo inverso a lo dijimos antes, que son precisamente la nostalgia y el anhelo (incluyendo el temor que llevan implícito) los que configuran una noción primordial de tiempo, construyendo la imagen de un pasado y un futuro como integrantes inevitables y constituyentes del instante presente.

La pretendida "realidad" del tiempo es una utopía. No hay más existencia real que la actual y presente. Tampoco hay más existencia psíquica, eidética o ideal que la que surge de la unidad de deseo y recuerdo que constituye el presente, unidad cuyos dos términos, mutuamente implicados, se ocultan recíprocamente a la conciencia.

Una formulación que subvierte de manera tan rotunda nuestra creencias arraigadas, despierta resistencias y dificultades muy grandes, entre las últimas quizás la mayor consista en que el lenguaje se haya construido para expresar la imagen crono–lógica, y ejerce violencia sobre el pensamiento cuando éste insiste en liberarse de recaer inel udiblemente sobre la misma imagen.

En trabajos anteriores (Chiozza, 1979a [1977-1978-1979]) nos hemos ocupado de discutir con mayor amplitud la fundamentación de este planteo; nos interesa ahora averiguar si apoyándonos en él, y trascendiendo de este modo el enfoque habitual y lineal que denominamos genético, podemos arrojar una nueva luz sobre la forma "cardíaca" de la melancolía.

 

La alternativa entre nostalgia y anhelo

La primera conclusión que se deriva del planteo que acabamos de enunciar es la siguiente: la alternativa entre nostalgia y anhelo, que existe en la configuración propia de un presente particular, en lugar de ser interpretada como la consecuencia de un "instante" anterior, debe ser comprendida a partir de la modalidad característica de ese mismo presente.

Digamos en principio que así como la nostalgia representa en su forma más típica la noticia de un anhelo imposible (el anhelo de que vuelva a ser lo que ya ha sido), el anhelo representa a la ignorancia de la nostálgica imposibilidad que en él opera.

Pero aquí hemos vuelto a introducir por la ventana lo que hemos sacado por la puerta, ya que el concepto de imposibilidad ha quedado definido, a la manera en que lo hace Weizsaecker, como un derivado de la existencia de un tiempo pasado, independiente. ¿No sería más prudente afirmar que la imposibilidad es un sentimiento admitido que niega la posibilidad y la posibilidad un sentimiento admitido que niega la imposibilidad? ¿Acaso la razón y la lógica pueden acreditar con certeza, y en los grandes asuntos, mejores méritos que el sentimiento en la valoración de lo que llamamos "posibilidad"?

Más aún, en las cosas que sentimos tan importantes como la continuación de la vida, ¿ le importa acaso, al intento, la imposibilidad? Desde este punto de vista la nostalgia equivale a una variante "pesimista" del anhelo y el anhelo a una variante "optimista" de la nostalgia. Si aquí sustituimos "pesimismo" y "optimismo" por "debilidad" y "fortaleza", diríamos que la nostalgia es el deseo de un débil y el anhelo el de un fuerte. O también, si queremos variar los términos, que el recuerdo es una enfermedad del deseo. Lo cual, en último término, podría llegar a significar que la melancolía es un encubrimiento de la fobia (Garma, 1972).

Volviendo ahora a la pregunta que Freud dejó sin contestar acerca del por qué ha de ser tan dolorosa la separación de los objetos, diríamos que es necesario invertir los términos, y que el dolor que deriva del deseo que carece de la fuerza para buscar y dirigirse hacia un objeto existente, se entretiene en la imagen nostálgica de una separación sufrida. Esta imagen nostálgica es un disfraz que funciona a la manera de un recuerdo encubridor del presente. De un modo análogo, la incapacidad de gozar un objeto presente se oculta en el anhelo de una promisoria dicha futura con un objeto ausente.

 

Pasado y futuro como representación del instante presente

El haber invertido los términos significa la propuesta de no buscar en un pasado real la génesis de una melancolía nostálgica, sino, por el contrario, buscar en un presente actual el significado de un recuerdo emergente que, en tanto es historia y es relato, es la representación o el símbolo de una temática sempiterna que es actual y es presente.

Significa, además, no buscar en la existencia de una "objetiva" posibilidad futura el motivo y la razón de un anhelo esperanzado o de una expectativa angustiosa, sino, al revés, buscar en las características del presente actual el significado de una construcción pronóstica de los acontecimientos que, en la forma de un deseo o un temor emergentes, es también la representación o el símbolo de una sempiterna temática en el instante vívido.

 

Vivir el presente

En la auscultación cuidadosa del tono afectivo, cordial y presente, que, como pre–figuración del sentimiento es pre–sentimiento, y es además, en el primitivo sentido de "volver al corazón", recuerdo, en oposición a la falsedad que es discordia, se encuentra la con–cordia auténtica del vivir, que es vivir el presente. Un instante presente que ocurre entre la nostalgia y el anhelo que le sirven de encuadre, como límites íntimos y naturales, bien lejos de cuanta construcción racional nos permita responsabilizar a un pasado o atribuir el motivo de nuestra vida presente a un futuro hipotético y cavilado que hoy se halla ausente.

¡Vivir el presente! Con la responsabilidad de aquel que, en la medida en que se ocupa, renuncia y carece del tiempo de la pre–ocupación, en el cual opera, implícita, la fantasía de un castigo, y con el esfuerzo valiente de aquel que a lo hecho presente no ofrece el arrepentimiento querulante, ni la suficiencia de un orgullo justificado, ni la falsa tranquilidad de la promesa, ni la renuncia de una aprensión cobarde, sino el pecho noble, que es capaz de cejar, para volver a insistir, sin cesar, en el pujo de cada latido, intuitiva y estocásticamente, como una rama que crece en el lugar que le permite el muro.

Entendamos en este sentido a Nietzsche cuando afirma: "El arrepentimiento es una asquerosidad", y completémoslo diciendo que la pre–ocupación es holgazanería. Arrepentimiento y preocupación son remanentes proyectivos y son formas de la irresponsabilidad, que es pusilánime y cobarde. Opongamos a ellas el coraje responsable que es estar al timón de un presente magnánimo, como afirmación y aceptación de la vida, sin queja, sin reproche y sin culpa.

Freud, en su trabajo "Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte" (1915b), cita el lema de la Confederación Hanseática: Navigare necesse est, vivere non necesse! (¡Navegar es necesario, vivir no!). A los fines de redundar desde un "sistema" diferente sobre el tema planteado, finalizaremos este ensayo con una poesía que escribí en Noviembre de 1979:

Hoy, en las horas de la esperanza trunca,
cuando los sueños dejan ver por vez primera
el resorte interior que forma su quimera,
he perdido el temor a lo que significa "nunca".

Ignoro dónde estoy, qué mares voy surcando.

El puerto familiar, en el que ayer soñaba,
ha quedado ya lejos, como el regazo blando
que ha seguido el destino de todo lo que acaba.

No me importa vagar, perdido entre la bruma
de un mar que no es azul, que es gris, como la muerte.

Son las olas y el viento como la vida, fuertes,
y mi barco las corta, en un torrente de espuma.

No necesito ver, como otrora creyera,
el decurso completo de la ruta futura.

Me basta con saber la concreta manera
de aferrarme al timón, cuando la mar es dura.

Un día llegará en que mi barco, deshecho,
se fundirá con el mar para el que fue creado.

Una hora fatal, en que todo lo hecho
unirá su destino con lo apenas soñado.

Ayer, contra la ola más alta,
en el corazón de mi nave un madero crujió,
Navegar... ¡Eso sí que me hace falta!

--me dije-- pero la vida no.

 

En síntesis

Luego de examinar la insuficiencia de la metapsicología para iluminar las diferencias existentes entre recuerdo y deseo, se subraya, como concepto metahistórico, que pasado y futuro son construcciones mentales y no son existentes de por sí, independientes del modo de pensar del hombre.

Se plantea que la investigación psicoanalítica de las enfermedades somáticas ha permitido distinguir además de las formas gástricas, hepáticas y autoinmunitarias de la melancolía, una forma cardíaca caracterizada por la nostalgia. Se afirma a continuación que todo instante es siempre la presencia de una nostalgia que lleva implícito el dolor por un anhelo imposible o la presencia de un anhelo que constituye el disfraz de una nostalgia.

Partiendo de la idea de que la pretendida "realidad" del tiempo es una utopía y del concepto de que no hay más existencia real que la actual y presente, se subvierte la idea física de un tiempo crono–lógico sosteniendo que la noción primordial de tiempo y la idea de pasado y futuro se construye como imagen derivada de un presente psíquico constituido inevitablemente por la unidad de recuerdo y deseo, unidad cuyos dos términos, mutuamente implicados, se ocultan recíprocamente a la conciencia.

En otros términos: pasado y futuro son dos representaciones del instante presente. De un modo análogo al que nos lleva a considerar a la imagen nostálgica como un recuerdo encubridor del presente, descubrimos que la incapacidad de gozar un objeto presente se oculta en el anhelo de una promisoria dicha futura con un objeto ausente.

Por ese motivo, en la auscultación cuidadosa del tono afectivo, cordial y presente, que como pre–figuración del sentimiento es pre–sentimiento, y es, además, en el primitivo sentido de "volver al corazón", recuerdo (en oposición a la falsedad que es dis–cordia), se encuentra la concordia auténtica del vivir, que es vivir, con responsabilidad, sin queja, sin reproche y sin culpa, el instante presente, que ocurre entre la nostalgia y el anhelo que le sirven de encuadre.

Notas

1 El texto de este capítulo fue publicado por primera vez en la revista Eidón, año 8 Nº 14,CIMP, Buenos Aires, marzo de 1981, págs. 5–16.

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