La transformación del afecto en enfermedad
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V - LOS SIGNIFICADOS INCONCIENTES ESPECÍFICOS DE LA ESCLEROSIS*

Dr. Luis Chiozza, Dr. Eduardo Dayen, la Lic. Mirta Funosas.

 

Que Dios nos conceda
la serenidad para aceptar las cosas que no podemos cambiar,
valor para cambiar las cosas que sí podemos cambiar,
y sabiduría para conocer la diferencia.

Anónimo, citado por Gregory Bateson (1972)

 

I - LA ESCLEROSIS

a. Introducción

En Medicina se denomina "esclerosis" a la induración morbosa de los tejidos. El proceso esclerosante puede afectar, circunscripta o generalizadamente, a casi todas las estructuras (tegumentos, músculos, serosas, glándulas, centros nerviosos) formando parte de distintas enfermedades (arteriosclerosis, esclerodermia, mesenteritis esclerosante, mieloesclerosis, nefroesclerosis, hepatitis esclerosa, cataratas seniles, etc.).

Llambías (19091) sostiene que el proceso crónico que conduce a la esclerosis es, en el fondo, siempre el mismo, cualquiera sea el órgano que afecte. Se produce la induración de la trama de sostén de los órganos, acompañada de la atrofia de los elementos celulares diferenciados.

En la esclerosis el tejido conjuntivo se hace denso, seco y parecido al cicatrizal. Con el transcurso del tiempo, los tejidos esclerosados suelen quedar sujetos a la transformación hialina o a la calcárea (Beeson y Mc Dermott, 1972).

En la concepción fisiopatológica predominante (Beeson y Mc Dermott, 1972, Rever, 1954, Ham, 1954, Llambías, 1909) la esclerosis es el resultado inevitable de l transcurso del tiempo. La homologación habitual de vejez y esclerosis coincide, por lo tanto, con la concepción médica predominante.

La medicina afirma que el envejecimiento obedece a ciertos principios generales: anatómica e histológicamente existe cierto grado de atrofia, endurecimiento, fibrosis y esclerosis de tejidos, con pérdida de la elasticidad; pigmentación, adelgazamiento y rarefacción de algunas estructuras, calcificación y osificación de otras, reducción de volumen y peso visceral. Pero este proceso de involución no afecta coordinada ni armónicamente a todos los órganos y, además, el proceso de envejecimiento no es el mismo en todos los seres humanos. La pérdida de la capacidad de adaptarse a las nuevas exigencias, típica de la vejez, se comprende, entonces desde el punto de vista fisiológico. Hay disminución de la reserva funcional, menor consumo de oxígeno, reducción de los cambios energéticos, deshidratación de los tejidos y disminución de la masa sanguínea circulante.

Mosso (1982) sostiene que conviene precisar la diferencia entre la senescencia, (vejez fisiológica) y la senilidad, (vejez adelantada cronológicamente y acompañada de procesos patológicos).

b. El tejido conjuntivo

El tejido conjuntivo constituye la estroma, es decir la trama o armazón que sostiene entre sus mallas al parénquima de un órgano, glándula o estructura. El tejido conjuntivo es uno de los cuatro tejidos básicos. Los otros tres son el epitelial, el nervioso y el muscular.

Si bien, en sentido limitado, se llama tejido conjuntivo al que conforma estructuras como la dermis, los tendones, las aponeurosis, el hueso, el cartílago y las cápsulas articulares, todas las células hacen contacto con estructuras vecinas por intermedio de la sustancia fundamental que pertenece al tejido conjuntivo.

Este tejido está constituido preponderantemente por material no viviente denominado "matriz extracelular". La mayor parte de este material, aún sin calcificarse, es muy resistente y tiene propiedades químicas, físicas y mecánicas, que se ajustan a los distintos tipos de tejidos y órganos de los que forma parte.

Los tejidos conjuntivos dan forma al cuerpo. Si el cuerpo sólo estuviera compuesto por células, tendría la consistencia gelatinosa de las células (Ham, 1954).

Entre las distintas variedades de tejido conjuntivo, algunas se caracterizan por el material no viviente producido por ciertos tipos de células, mientras que otras están compuestas por células del tejido conjuntivo que no se relacionan con la producción de sustancia intercelular, sino con otras funciones (por ejemplo, la defensa inmunitaria) (Ham, 1954).

El fibroblasto es el tipo celular más común del tejido conjuntivo. Cuando está en reposo, se lo denomina fibrocito para diferenciarlo del fibroblasto del tejido en crecimiento, que se encuentra en actividad.

Uno de los papeles importantes de los fibroblastos es la síntesis y el depósito de colágeno. Producen las características fibrillas de colágeno, secretan los polisacáridos que componen la sustancia fundamental y, además, están involucrados en la síntesis de fibras elásticas.

La matriz extracelular está constituida por fibras colágenas, fibras reticulares, fibras elásticas y una sustancia fundamental amorfa.

Las fibras colágenas son las más abundantes y características del tejido conjuntivo. Soportan el estiramiento con una resistencia comparable a la del acero. Como las fibras colágenas tienen gran resistencia a la tensión, podría pensarse que el tejido conjuntivo no es todo lo flexible que es en realidad. El motivo de su flexibilidad es que las fibras colágenas suelen estar dispuestas en direcciones diversas, y tienen forma ondulada. Por lo tanto, el tejido conjuntivo puede someterse a tracción ligera sin distender ninguna de sus fibras colágenas longitudinalmente.

Las fibras reticulares son muy delgadas y forman redes o mallas íntimamente asociadas con las células.

Las fibras elásticas son delgados cordones que se dividen y anastomosan formando una red tensa. Ayudan a recuperar el estado normal cuando desaparece la fuerza de tracción impuesta al tejido, pues a diferencia de las fibras colágenas, las fibras elásticas pueden alargarse longitudinalmente, después de lo cual vuelven a su posición como si fueran de caucho.

La sustancia fundamental rellena los espacios intercelulares. Es un material ópticamente homogéneo que contiene mucha agua, sales, escasa concentración de proteínas y otros materiales de bajo peso molecular.

En el tejido conjuntivo pueden encontrarse, además, las células que habrán de diferenciarse en los distintos tipos celulares de dicho tejido: las células mesenquimatosas o del tejido conjuntivo joven. Son células morfológicamente similares que poseen grandes potencialidades. Pueden ser inducidas por ambientes celulares distintos para diferenciarse siguiendo vías diversas, y transformarse en células que tienen aspectos muy diferentes y ejercen funciones especializadas muy distintas. Esto ocurre, especialmente, en la vida embrionaria. Las células mesenquimatosas, en esa etapa, ocupan los lugares donde se desarrolla el tejido conjuntivo.

Las principales funciones del tejido conjuntivo son las de sostén, protección y reparación, todas funciones que están al servicio de mantener la forma del organismo.

La función de sostener y unir las múltiples estructuras corporales corresponde principalmente a los componentes fibrosos del tejido conjuntivo. Las fibras elásticas dotan a los tejidos de la elasticidad que les permite volver a su estado primitivo después de haber experimentado una deformación mecánica. Con la edad, el tejido elástico pierde gradualmente sus atributos característicos y las fibras elásticas desgastadas o dañadas son reemplazadas en medida escasa.

Todos los componentes del tejido conjuntivo participan en la protección. Aunque la sustancia fundamental es permeable para las sustancias en disolución, su consistencia gelatinosa parece constituir una barrera mecánica que impide la diseminación de los microorganismos patógenos, ofreciendo protección contra las infecciones. Cuando, en ciertas infecciones crónicas, los leucocitos, anticuerpos circulantes y macrófagos tisulares, no erradican a las bacterias invasoras, la producción de tejido fibroso alrededor de la lesión forma una suerte de muralla de contención que aísla los tejidos infectados.

Los fibroblastos se multiplican y sintetizan componentes extracelulares para reparar los tejidos que no se pueden restablecer. Las fibras de colágeno llenan el defecto con tejido cicatricial fibroso denso, reconstituyendo de este modo la forma (Rever, 1954).

 

II - LAS FANTASÍAS INCONCIENTES ESPECÍFICAS DE LA ESCLEROSIS

a. El significado inconciente del tejido conjuntivo

A partir de lo que Weizsaecker (1947) afirma cuando señala que el proceso fisiológico se comporta como si lo animara una intención psicológicamente comprensible, sostuvimos (Chiozza, 1976c) que, dado que la propia existencia del fenómeno somático posee un sentido psicológico, la estructura o proceso corporal y su fantasía inconciente específica son una y la misma cosa vista desde dos ángulos diferentes. Podemos incluso afirmar, decíamos, que aquello que la Fisiología, o la Fisiopatología, denominan la "causa final" (teleológica) es lo que, desde nuestro ángulo psicoanalítico, denominamos el sentido, el significado de una función, forma, desarrollo o trastorno.

Los conceptos de Freud (1905d *; 1915c*; 1924c*) acerca de las zonas erógenas y lo que acerca de las fantasías específicas para cada una de las zonas erógenas planteamos (Chiozza 1963a; 1976b), nos permiten admitir la existencia de una zona erógena conjuntiva cuyos representantes pulsionales configurarían sus fantasías inconcientes específicas. Dado que el tejido conjuntivo está constituido por células y por material no viviente denominado "matriz extracelular", la actividad de las células del tejido conjuntivo correspondería, entonces, a la erogeneidad de la zona conjuntiva.

En cuanto a la finalidad del tejido conjuntivo, la Fisiología señala que constituye la trama o armazón que sostiene entre sus mallas al parénquima de un órgano, glándula o estructura. El tejido conjuntivo da forma, de este modo, al órgano y, por lo tanto, al cuerpo del organismo entero.

Si el significado inconciente inherente, o específico, del tejido conjuntivo, es el de constituir una trama o armazón que sostiene y da forma, ¿cual será, entonces, el importante proceso en el cual esa finalidad (constituir una trama) interviene de un modo lo suficientemente preponderante como para poder adjudicarse la representación, inconciente, del proceso completo?

Dado que lo que llamamos psiquis es en última e irreductible instancia, significado, y que el significado se constituye con las finalidades que emanan del cuerpo vivo y animado, podemos sostener que lo que denominamos "cuerpo" también es alma desde otro vértice de observación.

Llamamos identidad, en cuerpo y alma, al resultado de un proceso por el cual nos constituimos en diferentes entre nuestros similares, y estamos acostumbrados a pensar que las distintas formas "constitucionales" del cuerpo se corresponden con otras tantas "formas de ser" anímicas.

Si la trama conjuntiva que "da forma al cuerpo", es artífice de una parte importante de la identidad, no debe extrañarnos que se preste especialmente para representar a ese proceso en su totalidad "psicosomática".

Ortega y Gasset (1940) dice que "creencias son todas aquellas cosas con que absolutamente contamos aunque no pensemos en ellas. De puro estar seguros de que existen y de que son según creemos, no nos hacemos cuestión de ellas, sino que automáticamente nos comportamos teniéndolas en cuenta. Cuando caminamos por la calle no intentamos pasar a través de los edificios: evitamos automáticamente chocar con ellos sin necesidad de que en nuestra mente surja la idea expresa: ‘los muros son impenetrables’. En todo momento, nuestra vida está montada sobre un repertorio enorme de creencias. [...] Las creencias son viejas ideas, algunas tan antiguas como la especie humana. Pero, son ideas que han perdido el carácter de meras ideas y se han consolidado en creencias [...] El hombre está siempre en la creencia de esto o de lo otro, y desde esas creencias —que son para él la realidad misma— existe, se comporta y piensa [...] En nuestras creencias nos movemos, vivimos y somos" (págs. 24-26).

Puede sostenerse, entonces, que toda identidad "encarna" y lleva, implícito, un sistema o con-junto coherente de creencias, y que el tejido conjuntivo2, que, como una trama, junta las distintas partes del cuerpo otorgándoles una forma coherente, parece especialmente adecuado para arrogarse la representación de ese conjunto coherente de creencias.

La existencia física de una trama conjuntiva que da forma al cuerpo, y la existencia histórica de un conjunto de creencias que da una manera al alma, nos permiten pensar en una misma fantasía inconciente, una fantasía de "conformación" (o configuración3 ) que implica, a su vez, una "capacidad de conformación" en la cual confluyen forma y significado, como figura, modalidad o estilo.

En otras palabras, una misma "capacidad de conformación" inconciente puede manifestarse a la conciencia, desde un punto de vista histórico, como conjunto coherente de creencias, y, desde un punto de vista físico, como tejido conjuntivo sano.

b. Acerca del interés y de la conformidad

Freud (1900a*) define al interés como la energía de las pulsiones de autoconservación, en contraposición a la libido o energía de las pulsiones sexuales. También se refiere al interés diciendo que cuando, en un proceso psíquico de la vida normal, una representación adquiere una particular vivacidad para la conciencia, vemos en ese resultado la prueba de que a la representación privilegiada "le corresponde una valencia psíquica particularmente elevada", un cierto grado de interés. Aclara que el interés que recae sobre una representación debe distinguirse de la intensidad sensorial con la cual se percibe.

La palabra interés significa "inclinación más o menos vehemente del ánimo hacia un objeto , persona o narración que atrae y conmueve" (Real Academia Española, 1950). Corominas (1961) señala que es la sustantivación del latín interesse, "estar interesado", y que deriva de esse (ser), y de inter (entre). Es decir que "interés" significa, por su etimología, "ser entre". Debe corresponder entonces a un estado afectivo que podría ser descrito como la vivencia de "estar siendo fuera del yo", apartado del yo e inclinado hacia las cosas, siendo entre el yo y el objeto que cautiva.

En sus Ensayos de convivencia, Julián Marías (1953) dice que "... mientras el verbo vivir es —según dicen— intransitivo y permanece sosegadamente en sí mismo sin pasar a otra cosa, desvivirse es siempre desvivirse por algo" (págs. 84-85). Cuando algo nos llama y tira de nosotros, nos arranca de nuestro sosegado centro y nos arrebata, cuando sentimos afán vivísimo y no nos bastamos a nosotros mismos, nos desvivimos. El desvivirse es la forma suprema del interés. Pero, ¿qué es el interés más que interesse, estar entre las cosas? Cuando nos interesamos es que estamos ahí, con las cosas, entre ellas, desviviéndonos. Y si vivir es estar entre las cosas que nos rodean y solicitan, en nuestra circunstancia, ¿hay otro modo de vivir que interesarse, quiero decir, desvivirse?¿No ocurrirá que el que no se desvive no vive tampoco?

Ortega y Gasset (1932/33) señala que "... el mundo es, pues, sólo un término de mi vida, pero yo no soy mundo, ni mi vida es cosa de este mundo. Precisamente porque no lo es mi vida no está ahí —como está la piedra, el árbol y el astro—, sino que tengo que hacérmela y me es pura tarea y puro problema (pág. 190). [...] La realidad es la coexistencia mía con la cosa. La verdad es la pura coexistencia de un yo con las cosas, de unas cosas ante el yo (págs. 209-120). [...] Yo no soy mi vida. Esta, que es la realidad, se compone de mí y de las cosas. Las cosas no son yo ni yo soy las cosas: nos somos mutuamente trascendentes, pero ambos somos inmanentes a esa coexistencia absoluta que es la vida" (págs. 225-226).

Pensamos que el "ser uno mismo" o "ser lo que se debe" es el producto de una conformidad adecuada. Conformidad no sólo quiere decir "unión, concordia y buena correspondencia entre dos o más personas", sino también "simetría y debida proporción entre las partes que componen un todo" (Real Academia Española, 1950). La conformidad adecuada es el producto de una buena conformación, y esta última surge como consecuencia de un equilibrio entre ceder y resistir a la presión de cambio para llegar hasta un punto en el que nos conformamos y conformamos la circunstancia en una influencia recíproca que lleva implícito aquello que, desde otro punto de vista, llamamos resignificar o resignar la vida. Se alcanza, de este modo, "la debida proporción entre las partes que componen el todo del cual formamos parte". Podemos decir, entonces, que estamos "en forma" o, también, que "estamos conformes".

Es conveniente en este punto establecer la diferencia entre el ejercicio de una adecuada capacidad de conformación y el conformismo.

Cuando Freud (1924e*, pág. 195) describe las características que tiene el vínculo con la realidad en las neurosis y en las psicosis, dice que la neurosis no desmiente la realidad, se limita a no querer saber nada de ella; la psicosis la desmiente y procura sustituirla. Dice que la conducta normal es la que auna los rasgos de ambas reacciones: como la neurosis, no desmiente la realidad, pero, como la psicosis, se empeña en modificarla. La conducta adecuada efectúa un trabajo que opera sobre el mundo exterior y no se conforma con producir alteraciones internas; no es sólo autoplástica sino, también, aloplástica. En la psicosis, el remodelamiento de la realidad tiene lugar en los sedimentos psíquicos de los vínculos que hasta entonces se mantuvieron con ella, o sea en las huellas mnémicas, las representaciones y los juicios que se habían obtenido de ella hasta ese momento y por los cuales era subrogada en el interior de la vida anímica.

Quiere decir entonces que conformarse adecuadamente implica no sólo mutar sino también resistirse a la mutación, implica vivir sin resignar totalmente los proyectos y sin mantenerlos, a todo trance, absurda y fracasadamente invariantes (Luis Chiozza4). Nos conformamos cuando pulsamos5 en un elástico vaivén entre ceder y mantenernos firmes frente a la presión de cambio, entre desistir de nuestra intención e insistir de un nuevo modo reiterando el intento de modificar la circunstancia. "Ser uno mismo" o "ser lo que se debe" es el producto de ese elástico vaivén en el que nos formamos con la circunstancia y, al mismo tiempo, la formamos con nosotros.

La capacidad de conformación reside en desistir hasta el punto en que uno puede re-formarse e insistir hasta el punto en que se puede re-formar la circunstancia, en una adecuada combinación de transigencia e intransigencia, o de docilidad e indocilidad, que conduce, mediante un proceso que lleva implícito un duelo, hacia la "conformación". Conformarnos es resignificar o re-signar la vida. Cuando no es posible conformarse, cuando no se puede renunciar a los objetos ideales, queda comprometido el vínculo con los objetos reales que podrían calmar "realmente" el dolor de la insatisfacción (Chiozza, 1970d).

El "conformista", en cambio, no guarda la debida proporción entre los componentes del todo del que es parte, sino que se adapta "fácilmente" a cualquier circunstancia (Real Academia Española, 1950). El conformista no re-signa, no resignifica su experiencia, sino que renuncia, se abstiene de enfrentar su mundo circunstante.

Un buen establecimiento de la identidad requiere de una buena asimilación, y toda buena asimilación necesita de la realización de un duelo por aquellas partes del objeto y del yo que deben ser abandonadas. El conformista funciona como si se conformara, pero no se conforma. La identidad auténtica es el ser algo, mientras que el estar funcionando como si se fuera algo es la seudoidentidad (Chiozza, 1970h).

Campbell (1982, pág. 201) describe el vínculo entre la adaptación y el interés diciendo que el secreto de una conducta flexible es tener experiencias interesantes en condiciones estables. Una de las más importantes de estas experiencias es el juego, actividad normal de los niños que se sienten seguros, actividad que es síntoma de una adaptabilidad que tiende a conducir a mayor adaptabilidad.

Reich (1933), ocupándose del "desinterés", señala que cuando un impulso encuentra una inhibición, se puede escindir. Una parte se vuelve contra la propia persona y otra conserva la dirección original hacia el mundo exterior. En el punto en el cual las dos tendencias, debido a que son fuerzas contradictorias, se anulan, se produce una "parálisis" o rigidez. La manifestación clínica más común de esta condición dinámico estructural es un sentimiento de soledad interior, de muerte interior, de falta de interés. Toda vez que los impulsos naturales hacia los objetos se ven frustrados, el resultado es la pérdida de contacto y la angustia como expresión de la retirada dentro de uno mismo.

El desinterés es conflicto de tendencias, ruptura de los vínculos y, por lo tanto, hace imposible la conformación. Es decir que sólo podemos conformarnos cuando estamos interesados por las cosas.

Un funcionamiento normal del tejido conjuntivo, que es y representa a un sistema o conjunto coherente de creencias que es adecuado, es decir coherente con la realidad circundante, nos "hablaría", entonces, de una capacidad de conformación que equivale a "ser entre" las cosas, es decir a interesarse con ellas.

c. El sentimiento de disconformidad

Dado que podemos "estar conformes", es también posible decir que la conformidad es un estado, pero difícilmente podríamos sostener que se trata de un sentimiento, ya que la verdadera conformidad es inconciente, y no existen, estrictamente hablando, o sea, como actualidades, sentimientos inconcientes. Podemos, muy por el contrario, atrevernos a afirmar que cuando manifestamos, concientemente, sentirnos conformes, es porque ocultamos una disconformidad latente frente a la cual asumimos, sin admitirlo, una actitud "conformista".

La disconformidad, en cambio, es un sentimiento, ya que se manifiesta como un proceso de descarga actual que alcanza la conciencia y que acompaña al hecho, o a la actitud, de no conformarse con las circunstancias. Aunque es lo más común que se le atribuyan connotaciones negativas, y que se lo considere un defecto del carácter, tanto el sentimiento de disconformidad como el hecho, o la actitud, de no conformarse, pueden conducir a desenlaces positivos. Si bien puede decirse que la disconformidad suele limitar nuestro contacto con la realidad y nuestra posibilidad de conocerla, también debemos aceptar que puede proteger nuestra coherencia y convertirse, además, en un motivo que nos ayuda a emprender los cambios necesarios.

Existe una necesidad de conformarse "en forma", y cuando esa necesidad permanece insatisfecha, se mantiene viva la inquietud, o el deseo, que adquiere la figura del afecto que denominamos "disconformidad". En otras palabras: toda conformación lograda es el producto de una capacidad de conformación que opera sobre una disconformidad anterior.

Si, de acuerdo con lo que hemos dicho hasta aquí, podemos sostener que el funcionamiento de los distintos elementos celulares del tejido conjuntivo debe integrar, en condiciones normales, parte del proceso de conformación que se traduce en un estado de conformidad normal, podemos también pensar que entre las "inervaciones" que configuran la clave de inervación del sentimiento de disconformidad, encontraremos un cambio funcional en los elementos celulares del tejido conjuntivo, que se mantiene dentro de los límites de lo que se puede considerar normal.

Aunque los motivos de la disconformidad pueden permanecer inconcientes, el sentimiento, como tal, es un proceso de descarga que alcanza la conciencia. En la medida en que el sentimiento de disconformidad se deforma patosomáticamente en su clave de inervación, por obra del proceso defensivo, la sobreinvestidura de los elementos de la clave constituidos por las funciones del tejido conjuntivo, determina una alteración que denominamos "enfermedad del tejido conjuntivo". En otras palabras: aquella parte del sentimiento de disconformidad que se deforma "patosomáticamente", no se mantiene en la conciencia como sentimiento de disconformidad, pero penetra, de todos modos, en ella, como una enfermedad "somática" cuyo significado afectivo permanece inconciente. La enfermedad del tejido conjuntivo se constituye, así, como una transformación particular, "patosomática", total o parcial, del sentimiento de disconformidad que hubiera debido devenir conciente, una transformación que suele denominarse también, desde ese punto de vista, "desarrollo equivalente" o "equivalente afectivo".

d. Los significados inconcientes específicos de la esclerosis

El proceso que conduce a la esclerosis se caracteriza, como ya hemos señalado, por la induración del tejido conjuntivo, acompañada de la atrofia de los elementos celulares diferenciados. El tejido conjuntivo se hace denso, seco y parecido al cicatrizal.

El término esclerosis proviene del adjetivo griego scleros, que significa "duro, seco, áspero", y también "rudo, arisco, tozudo" (Vox, 1974). El término rígido, que se origina en el latín rígidus, y que significa "duro, helado, yerto, tieso" (De Miguel y Marqués de Morante, 1943), posee, según Corominas (1961), un parentesco etimológico con el vocablo rigor, que proviene del latín rigor, utilizado para denotar la inflexibilidad.

Para el diccionario de la Real Academia Española (1950) rigor significa: 1) nimia y escrupulosa severidad, 2) aspereza, dureza o acrimonia en el genio o en el trato, 3) tiesura o rigidez preternatural de los músculos, tendones y demás tejidos fibrosos, que los hace inflexibles e impide los movimientos del cuerpo. Rígido, en cambio, es "inflexible, riguroso, severo".

Vemos que tanto esclerosis como rigor significan "duro". Los sinónimos de esclerosis son, a su vez, sinónimos de rigor. La palabra rigor, además, en una de sus acepciones, describe el resultado del proceso esclerosante. La inflexibilidad es, por otro lado, una característica típica de la esclerosis. Estas coincidencias parecen avalar la idea de que los términos rigidez, rigor y esclerosis, comparten un mismo núcleo de significación.

Weizsaecker (1950) intentando comprender la enfermedad desde una diferente clasificación nosológica, sostiene que neurosis, biosis y esclerosis son tres enfermedades distintas y, al mismo tiempo, tres etapas en la evolución de un proceso.

El término neurosis designa a un trastorno funcional que, como tal, puede ocurrir y desaparecer en forma instantánea y en cualquier momento. El término biosis, en cambio, denomina a un proceso que no se puede alejar en cualquier momento, dado que existe una ley que establece su transcurso. Cuando se trata de una biosis, junto con la función se modifica también la estructura. Mientras que el trastorno funcional es imposible de localizar, el cambio estructural de la biosis, aunque reversible, es localizable. La transformación estructural irreversible que aparece primariamente, o en el transcurso de una biosis, se denomina esclerosis.

"La Medicina clásica —dice Weizsaecker— ha considerado posible, desde hace mucho tiempo, un pasaje ... de la biosis a la esclerosis. El concepto de cicatriz ... llegó a ser precisamente el prototipo de ese pasaje" (1950, pág. 154).

Cuando Freud (1933a*) analiza la eficacia terapéutica del Psicoanálisis, describe dos dificultades con las que se tropieza en la práctica: el grado de rigidez psíquica y la forma de la enfermedad. El grado de rigidez psíquica, sostiene, "... se pasa a menudo por alto erradamente. Aunque de hecho es grande la plasticidad de la vida anímica y la posibilidad de refrescar estados antiguos, no todo admite ser reanimado. Muchas alteraciones parecen definitivas, corresponden a cicatrizaciones de procesos transcurridos. Otras veces se tiene la impresión de una rigidez general de la vida anímica; procesos psíquicos que muy bien podrían ser encaminados por otras vías parecen incapaces de abandonar las antiguas" (pág. 143).

Aunque cuando Freud emplea el término "cicatrización" no intenta apuntar a una significación específica de las cicatrices "corporales", sino que alude metafóricamente a un proceso corporal para referirse a un proceso psicológico, que haya elegido ese término para describir el proceso por el cual se establece la rigidez anímica no debe ser casual, ya que tanto la rigidez como la cicatrización se refieren en última instancia, a nuestro entender, a la esclerosis.

Señalamos ya que las enfermedades del tejido conjuntivo se constituyen como un trastorno de la capacidad de conformación, una dificultad para "interesarse", para "ser entre" las cosas, que se caracteriza por la descomposición patosomática, total o parcial, del sentimiento de disconformidad.

De modo que si la esclerosis posee un significado inconciente específico, es decir, distinto del de otras enfermedades del tejido conjuntivo, las distintas enfermedades esclerosantes que afectan diferentes órganos y funciones corporales, comprometerán también, en una particular combinatoria o "mosaico" de fantasías específicas, significados diversos (Dayen y Funosas, 19916).

Dijimos en un trabajo anterior (Chiozza, 1980e) que la identidad específica se obtiene como producto de una variación estable desde la cual se ejerce una cierta flexibilidad, y que el "estar en forma" corresponde a la estabilidad que conserva un máximo de flexibilidad y equivale a "ser uno mismo" o "ser lo que se debe", mientras que el "estar en ruinas" corresponde a la pérdida máxima de flexibilidad y al intento fallido de estabilizar un estado constitutivo.

La esclerosis es una pérdida de la flexibilidad, una rigidización de los tejidos conjuntivos. Tal flexibilidad depende de las fibras elásticas del tejido conjuntivo.

Llamamos a veces rigor y a veces rigidez a la pérdida de una flexibilidad que es anímica. Lo que hemos dicho acerca de la clave de inervación del afecto disconformidad nos permite suponer que el funcionamiento de las fibras elásticas puede arrogarse la representación de la flexibilidad del ánimo.

Recordemos que con la edad, el tejido elástico pierde gradualmente sus atributos característicos y las fibras desgastadas o dañadas son reemplazadas en medida escasa. Esto conduce a deducir que el mero transcurrir del tiempo produce un grado de rigidez que es natural. Tal como sostuvimos en otra ocasión, (Chiozza, 1984e) vivir es tomar posición, y envejecer es adquirir sabiduría e identidad, y perder posibilidad. Pensamos que la flexibilidad "conjuntiva" es un representante adecuado de esa posibilidad que en la vejez normalmente se pierde.

La induración prematura de la trama de sostén de los tejidos y órganos, acompañada de la atrofia de los elementos celulares diferenciados, correspondería, en cambio, a un grado de rigor del ánimo igualmente prematuro que puede ser observado tanto en conductas aisladas como en aquellas otras habituales que configuran un modo de ser.

En la medida en que la esclerosis es un modo particular del enfermar del tejido conjuntivo, el sentimiento de disconformidad que en ella se desestructura debe poseer también una característica especial que lo diferencia del sentimiento de disconformidad desestructurado en las otras enfermedades del conjuntivo. Desde este punto de vista podemos hablar entonces de una disconformidad esclerosa.

Dado que la rigidez prematura que caracteriza a la esclerosis parece representar simbólicamente la fantasía de perdurar de modo invariante un determinado conjunto coherente de creencias, podemos sostener que la manera específica de la disconformidad esclerosa consiste, precisamente, en un particular malentendido: la ilusión de que existe la posibilidad de una estabilidad permanente.

Podemos pensar además que la fantasía de mantener invariante un conjunto de creencias propio, que ha entrado en crisis, se apoya, a su vez, en una particular construcción que podría describirse del siguiente modo: cuando la circunstancia, que jamás es inmutable, cambia, el sujeto prefiere creer, frente a lo que siente como un perjuicio, que la causa de su desventura está en el mundo. Sintiéndose muchas veces víctima de una injusticia suele pretender que tiene que cambiar el mundo para reinstalar una circunstancia en la que las dificultades no existían. De este modo, aferrado pertinazmente a creencias que le resultan inservibles, atrapado en una especie de egocentrismo7, no puede ingresar en un cambio que implica dejar de ser quien se es para llegar a ser "otro" que mantiene auténticamente su forma.

Mientras el enfermo esclerótico espera que la circunstancia cambie, reacciona frente a su desventura sustituyendo la elasticidad que alterna entre el desistir y el insistir, por la actitud de resistir a la presión de cambio que la circunstancia impone. Así va ingresando en su rigidez —un particular modo de pensar, actuar y sentir—, un pertinaz aferrarse a los hábitos y costumbres, a un conjunto de creencias que, perimido, aunque mantiene aun cierta coherencia interna, ha perdido su coherencia con el mundo. Este tipo particular de disconformidad, la "disconformidad esclerosa", es, pensamos, el sentimiento que, desestructurado, se presenta a la conciencia, privado de su significación afectiva, como esclerosis8.

La disconformidad del escleroso, que lo conduce al desenlace de insistir pertinazmente, con la intención de modificar un mundo que no se ajusta a sus deseos, contiene una paradoja. Se trata de una pretendida fortaleza, la de cambiar al mundo, o prescindir de él, asumida de una manera muy particular. Cuando, implícitamente, sostiene la propia inocencia frente a su desventura, afirmando que es el mundo el que "está mal", se reconoce débil o impotente, pero paradójicamente, cuando quiere imponer al mundo sus creencias, se comporta omnipotentemente, ocultando y contradiciendo, en la superficie de su conciencia, su inermidad. Podríamos decir, esquemáticamente, que en el enfermo esclerótico encontramos una admisión "hipócrita" de una inermidad que, en última instancia, existe realmente en él.

La paradoja señalada contiene una trampa del mismo tenor y de la misma gravedad e importancia que la que encontramos en la extorsión melancólica. Es una forma particular de irresponsabilidad que podemos denominar paranoica. Incurre en una implícita deshonestidad o hipocresía que conduce, inevitablemente, a un hecho que en primera instancia genera sorpresa. Quien utiliza el refugio de la irresponsabilidad paranoica, a pesar de que vive desconfiando del mundo, jamás se da cuenta (precisamente por obra de sus propios pretextos) de quien lo perjudica realmente. En el fondo de la situación que conduce al envejecimiento y la rigidez prematuras encontraremos, pues, la utilización inconciente de una irresponsabilidad "paranoica". En el prototípico enfermo esclerótico, terco, endurecido y pertinaz, apresado en la ruindad de la ruina, encontramos, junto a la "opacidad" del que ignora lo que oculta, y detrás de su rigidez, la íntima "hipocresía" del que pretende, al mismo tiempo, las ventajas del saber y las del ignorar. Así, mientras reclama por el perjuicio que le ocasiona la equivocación del mundo, no percibe precisamente aquello que lo daña contribuyendo a "congelar" su disconformidad en una "conformación" que permanece anacrónica.

e. Resumen

1) Existe una zona erógena conjuntiva cuyos representantes pulsionales configurarían sus fantasías inconcientes específicas. El tejido conjuntivo está constituido por células y por material no viviente denominado "matriz extracelular". La actividad de las células del tejido conjuntivo correspondería, entonces, a la erogeneidad de la zona conjuntiva.

2) La existencia física de una trama conjuntiva que da forma al cuerpo, y la existencia histórica de un conjunto coherente de creencias que da una manera al alma, nos permiten pensar en una misma fantasía inconciente, una fantasía de "conformación", o configuración, que implica a su vez, una "capacidad de conformación" en la cual confluyen forma y significado como figura, modalidad y estilo.

En otras palabras: una misma "capacidad de conformación" inconciente puede manifestarse a la conciencia, desde un punto de vista histórico, como conjunto coherente de creencias, y, desde un punto de vista físico, como tejido conjuntivo sano.

3) Conformarse adecuadamente implica no sólo mutar sino también resistirse a la mutación, implica vivir sin resignar totalmente los proyectos y sin mantenerlos, a todo trance, absurda y fracasadamente invariantes. Nos conformamos cuando pulsamos en un elástico vaivén entre ceder y mantenernos firmes frente a la presión de cambio, entre desistir de nuestra intención e insistir de un nuevo modo reiterando el intento de modificar la circunstancia. Desistir hasta el punto en que uno puede re-formarse e insistir hasta el punto en que se puede re-formar la circunstancia, en una adecuada combinación de transigencia e intransigencia, o de docilidad e indocilidad, que conduce, mediante un proceso que lleva implícito un duelo, hacia la "conformación".

4) "Ser uno mismo" o "ser lo que se debe" es el producto de ese elástico vaivén en el que, motivados por un genuino interesarse con las cosas, nos formamos con la circunstancia y al mismo tiempo la formamos con nosotros en una influencia recíproca que implica lo que, desde otro punto de vista, llamamos resignificar o resignar la vida. Se alcanza, de este modo, "la debida proporción entre las partes que componen el todo del cual formamos parte". Podemos decir, entonces, que estamos "en forma" o, también, que "estamos conformes". Es importante señalar que se trata de un "estar conforme" inconciente, que debe distinguirse del sentimiento, conciente, de conformidad, ya que este último sentimiento encubre siempre una actitud de sometimiento "conformista" que mantiene oculta la disconformidad.

5) El funcionamiento de los distintos elementos celulares del tejido conjuntivo forma parte de la clave de inervación del estado afectivo inconciente que denominamos "estar conforme". Cuando no es posible conformarse, cuando no se puede renunciar a los objetos ideales, queda comprometido el vínculo con los objetos reales que podrían calmar "realmente" el dolor de la insatisfacción. La carencia de la satisfacción de la necesidad de conformarse mantiene vivo un deseo que toma la forma del afecto conciente que llamamos "disconformidad".

6) La "disconformidad" es un afecto al que, habitualmente, le atribuimos connotaciones negativas. En algunas ocasiones, sin embargo, el no conformarse tiene aspectos positivos. Si bien puede decirse que limita nuestra capacidad de conocer, también debemos aceptar que protege nuestra coherencia y nos ayuda, además, para emprender un cambio. En la clave de inervación del afecto "disconformidad" debería participar entonces un cambio funcional, que se mantiene dentro de los parámetros fisiológicos, en los elementos celulares del tejido conjuntivo.

7) Suele haber una disconformidad conciente cuyos motivos permanecen inconcientes, pero muchas veces la represión desaloja de la conciencia a la disconformidad misma mediante la deformación de su clave de inervación. Lo que llamamos enfermedad del tejido conjuntivo correspondería, entonces, a la noticia conciente de las inervaciones que provienen de la deformación de esa clave, privada del significado afectivo que corresponde a la clave normal. En otras palabras: las enfermedades del tejido conjuntivo pueden ser interpretadas, desde este punto de vista, como un "desarrollo equivalente" del afecto disconformidad.

8) La esclerosis es una de las formas de enfermar del tejido conjuntivo y, como tal, debe expresar un trastorno en la "capacidad de conformación", junto con la imposibilidad de hacer conciente un tipo particular de sentimiento de "disconformidad". Desde este punto de vista podemos hablar entonces de una disconformidad esclerosa. El significado general de la esclerosis se expresaría en las distintas localizaciones de las enfermedades esclerosantes. Se trataría de una significación general integrada a la de los órganos y funciones comprometidos en esas enfermedades, en un mosaico de fantasías específico de cada una de ellas.

9) El funcionamiento de las fibras elásticas puede arrogarse la representación de la flexibilidad del ánimo. El hecho de que tales fibras se desgasten de manera inexorable, con escasa posibilidad de reemplazo, conduce a deducir que el mero transcurrir del tiempo produce un grado de rigidez que es natural. La induración prematura de la trama de sostén de los tejidos y órganos, acompañada de la atrofia de los elementos celulares diferenciados, correspondería, en cambio, a un grado de rigor del ánimo igualmente prematuro.

La rigidez a la cual nos referimos puede ser observada tanto en conductas aisladas como en aquellas otras habituales que configuran un modo de ser. En la medida en que se manifiesta como rigidez se repite, en lugar de recordar, una actitud antigua cuya reactivación conduce al fracaso. En otras palabras: se trata de una repetición pertinaz, inconciente, que reedita una conducta actualmente ineficaz, la cual reitera, una y otra vez, el mismo fracaso.

10) Dado que la rigidez prematura que caracteriza a la esclerosis parece representar simbólicamente la fantasía de perdurar de modo invariante un determinado conjunto coherente de creencias, podemos sostener que la manera específica de la disconformidad esclerosa consiste, precisamente, en un particular malentendido: la ilusión de que existe la posibilidad de una estabilidad permanente.

11) Podemos pensar además que la fantasía de mantener invariante un conjunto de creencias propio, que ha entrado en crisis, se apoya, a su vez, en una particular construcción que podría describirse del siguiente modo: cuando la circunstancia, que jamás es inmutable, cambia, el sujeto prefiere creer, frente a lo que siente como un perjuicio, que la causa de su desventura está en el mundo.

12) El enfermo sustituye la elasticidad que alterna entre el desistir y el insistir, por la actitud de resistir a la presión de cambio que la circunstancia impone. Así va ingresando en su rigidez —un particular modo de pensar, actuar y sentir— un pertinaz aferrarse a los hábitos y costumbres, a un conjunto de creencias que, perimido, aunque mantiene aun cierta coherencia interna, ha perdido su coherencia con el mundo. Este tipo particular de disconformidad, la "disconformidad esclerosa", es el sentimiento que, desestructurado, se presenta a la conciencia, privado de su significación afectiva, como esclerosis.

13) Cuando el enfermo escleroso sostiene inconcientemente su propia inocencia frente a la desventura, comportándose de acuerdo con la creencia de que es el mundo el que "está mal", se reconoce, implícitamente, débil o impotente, pero ingresa así en la paradoja de ocultar y contradecir, en la superficie de su conciencia, su inermidad, pretendiendo imponer al mundo su sistema.

14) En el fondo de la situación que conduce al envejecimiento y la rigidez prematuras encontraremos, pues, la utilización inconciente de una irresponsabilidad "paranoica". En el prototípico enfermo esclerótico, terco, endurecido y pertinaz, apresado en la ruindad de la ruina, encontramos, junto a la "opacidad" del que ignora lo que oculta, y detrás de su rigidez, la íntima "hipocresía" del que pretende, al mismo tiempo, las ventajas del saber y las del ignorar. Así, mientras reclama por el perjuicio que le ocasiona la equivocación del mundo, no percibe precisamente aquello que lo daña contribuyendo a "congelar" su disconformidad en una "conformación" que permanece anacrónica.

III - HISTORIA DE UNA FLEXIBILIDAD DESATENDIDA

Se fue con la silla y se sentó en el jardincito. Hacía un poco de frío, pero estaba embotado de ver televisión. No le gustaba ver las plantas cuando el otoño les seca las hojas, pero ... ¿adonde iba a ir? ... El silencio lo deprimía ... pero los ruidos sordos que venían de la cocina lo irritaban. Amalia ... seguramente preparaba el mate ...

Con un movimiento automático miró la hora. En un rato llegarían Darío y Alicia. Darío ... hacía un mes que, prácticamente, se había hecho cargo del taller ... y Alicia había comenzado a concurrir al hospital.

Alicia, la mayor ... hace tres meses le había dicho que eso de los brazos no era normal... Al principio le decían que debía ser porque, en el taller, siempre andaba metido en la grasa, el kerosén o el detergente... o que a lo mejor era por algún esfuerzo ... A la noche se untaba con la crema y esperaba que los poros chupen... le parecía que eso lo hacía sentirse mejor... pero seguía lo mismo... No sólo eran los brazos, también parte del cuerpo y las piernas estaban duros y resecos.

Esfuerzo ... lo que se dice esfuerzo ... no había hecho ninguno distinto

de los que hizo siempre... Tampoco tuvo dolor... únicamente los dolores de cabeza ... pero no eran nuevos ... los tuvo desde joven ... y ya no podía recordar cuándo habían comenzado.

Se sentía como en un pozo, nada le interesaba... parecía que las piernas no lo sostenían ... Nunca en sus 54 años se había sentido así. Siempre había sido un hombre activo, dinámico. Siempre había cumplido con las obligaciones... Uno de sus errores ... quizás ... fue darle demasiada importancia al trabajo. Tendría que haber sabido repartir mejor las cosas ...

Siempre, desde que nació, vivió en el mismo barrio... Cuando recién se había casado intentó vivir en Mendoza ... Su suegro lo había "escorchado" .. . hasta le prometió un trabajo... Había cargado todo en el camión ... pero el suegro no cumplió ... Había deambulado sin poder ubicarse, se probó en una fábrica de turbinas ... la gente le chocaba ..., y Alicia se enfermó, lloraba ... no se adaptaba ... tuvieron que volver ...

Las cosas nunca le fueron fáciles. Cuando la mujer heredó la casa de los abuelos, la vendieron y agregaron un crédito del banco... Había podido construir, así, la casa propia, pero el taller de tornería que siempre había ambicionado ... nunca lo logró.

Las veces que discuten con Amalia es siempre por el tema del dinero ... aunque tiene su carácter es buena ... y, en general, se llevan bien .. pero cuando discute se pone como sorda ... ¡todos queremos ganar más ... pero hay que conformarse con lo que entra! ... Es diabética, y ahora tiene osteoporosis ... Y a veces se siente mal .... Los primeros años era frígida... pero después se compuso.

Nunca había sido mujeriego... alguna vez ... una aventura ... pero siempre terminaba arrepentido y desengañado ... La familia antes que nada ... ¡tenía el ejemplo del padre! ...que había sido recto hasta que se fue de la casa ... y que había aflojado porque andaba con otra... ¡no quería dar ese ejemplo! Su aventura más larga ... la última ... con la dueña del quiosco ... duró seis meses ... pero Alicia ... ¡lo vio!.

Su madre ... menudita ... siempre trabajando ... sufriendo dolores reumáticos ... no le entraba en la cabeza que su padre la hubiera dejado ... cuando se fue de casa Pedro tenía 13 años ... ¡y se hizo cargo!. Cuando, mucho tiempo más tarde, vino a traerle su parte de la casa vendida, -- se acuerda como si fuera ahora -- ¡le tiró la plata en la cara! ... ¡para mí estás muerto!

Y ahora ... Alicia lo vio ... y su vida fue un infierno ... ¡se sentía una porquería¡ El único que trató de acomodar las cosas fue Darío ... porque aunque Amalia, después de echarlo de la casa, lo perdonó ... Alicia, desde entonces ... desde hace tres meses ... no le dirige la palabra más que por necesidad ...

Cuando Pedro comenzó el Estudio Patobiográfico9 dijo que lo que más le preocupaba era la depresión. Hacía unos días le habían diagnosticado una fascitis eosinofílica.

La fascitis eosinofílica es un trastorno que se caracteriza por fibrosis, rigidez y engrosamiento de la piel y de los tejidos subcutáneos. La aponeurosis subdérmica se encuentra engrosada, con hipertrofia colágena. Los estudios de laboratorio suelen mostrar aumento de los eosinófilos, de la eritrosedimentación y de la inmunoglobulina gama. Aunque se desconoce su origen, se ha pensado que probablemente represente una variante de enfermedad autoinmunitaria del tejido conectivo. El inicio suele ser gradual y en el plazo de meses o años se va desarrollando endurecimiento, atrofia y, en algunos casos, inmovilidad. Las alteraciones son simétricas, comienzan en las manos o en los pies y progresan en sentido central. La piel se torna lisa y brillante y la cara llega a adquirir el aspecto de una máscara. En algunos pacientes se han descripto cambios muy similares a los de la esclerodermia que afectan al tronco o, inclusive, a los órganos internos (Merk Sharp & Dohme, 1974).

Pedro, casi sin darse cuenta y poco menos que siempre, ha vivido disconforme. Propósitos incumplidos y no resignados latían en él, como una resaca de deseos "pendientes"... Piensa entonces que no se dejó tiempo para otras cosas y, mientras dice que desde chico fue muy golpeado, lo va ganando el desinterés y la convicción de que, de haberle tocado una vida distinta, hubiera podido.

No pudo conformarse cuando su padre se fue con otra mujer. Cumplía estrictamente con el trabajo que sintió siempre como una obligación, sin conformarse con él. Tampoco pudo conformarse con la vida de Mendoza, ni con su mujer, ni con sus hijos... ni con Pedro.

La causa de la disconformidad de Pedro siempre estuvo, según él lo sentía, en el mundo. Cuando no se conforma con la ausencia del padre, piensa que la causa reside en el abandono del padre. Cuando no se conforma con la vida en Mendoza la causa está en el incumplimiento del suegro, en la gente que le choca, en la falta de trabajo, en la desadaptación de su pequeña hija. Cuando no se conforma con su mujer, es por culpa de la frigidez, de las enfermedades o de la terca sordera que la caracteriza. Pedro se va configurando, de este modo, como un hombre pertinaz que, fijado tercamente a sus propósitos inmutables, pierde la elasticidad necesaria para insistir, de un modo nuevo, luego de haber desistido y reconfigurado, mediante la resignación que los resignifica, sus viejos deseos incumplidos.

Fue perdiendo, de ese modo, su genuino interés. Atrapado en sus proyectos sin cambio, mientras no podía pensar en nada menos que un taller que fuera "un chiche", no lograba interesarse en las cosas que hacía, en las piezas que tenía que fabricar, y se distanciaba así, sin saberlo, cada vez más, de la posibilidad de obtener en la realidad, el taller de sus sueños. También su deseo de ser un padre ejemplar le dificultaba el poder asumir las cuestiones que la paternidad real le planteaba.

Debilitado por su imposibilidad de cambiar, repetía a su mujer, en cada una de sus discusiones, de manera inmutable, siempre los mismos argumentos, e interpretaba el resultado como una consecuencia de la "sordera" de ella. Y cuando, por fin, le daba la razón para "dejarla conforme", lo hacía sintiendo que en última instancia, la razón era de él, y la culpa por la disputa era de ella. Utilizaba de este modo el "conformismo" como un recurso para mantener oculta la persistencia de la disconformidad.

Cuando Pedro decía "sentirse una porquería", recurría a la coartada de arrepentirse de las cosas sucedidas que ya no se podían cambiar, mientras disimulaba de este modo su continua y pertinaz reincidencia en las conductas que, invariantes, lo conducían a la reiteración de sus fracasos. Mientras pretende dar el ejemplo de una conducta intachable, diferente de la que reprocha en el padre, defendiendo a ultranza la integridad de la familia y del vínculo con su mujer, niega que la persistencia de su frustración genital se le torna insostenible a pesar del recurso, pobre, de sus aventuras furtivas.

Cuando Alicia lo descubrió con la dueña del quiosco, el último reducto de una pequeña "flexibilidad" cedió. Ya no quedaba lugar para otra cosa que mantener los rígidos principios o abandonarlos, drásticamente, confundiéndose con la imagen del padre que había rechazado. Su disconformidad, latente, había perdido el recurso de una conformación, creativa, con las circunstancias que le planteaba la vida, y la disconformidad, insoportable, debía mantenerse inconciente al precio de una esclerosis de la trama conjuntiva10 .

Aferrado, rígidamente, como tantas otras veces, a sus creencias, a sus hábitos y a sus costumbres, resiste pertinazmente, sosteniendo una vida que, tal como la siente, "ya no es vida" para él ... Perdiendo aceleradamente el último resto de la flexibilidad que necesita para insistir adecuadamente en la satisfacción de sus necesidades, y desistir de los principios que lo defienden del cambio, pero no lo defienden de los acechos de la realidad, trata de permanecer en una estabilidad ilusoria que lo conduce, sin prisa y sin pausa, hacia la ruina.

Ha sido descubierto en su aventura erótica y se siente "una porquería". Ya no puede aducir, como pretexto, la maldad del mundo. Su última y patética coartada es atribuir la enfermedad a la depresión, o también, otras veces, sin reparar en la contradicción, su depresión a la enfermedad.

Se mira la piel, la toca, la siente reseca y dura ... Si alguna vez intuye ... prefiere, de todos modos, ignorar que su piel, como las hojas del otoño, refleja la rígida sequedad en que está incurriendo la disconformidad de su vida.

Notas

(*) El texto del presente capítulo pertenece a un trabajo realizado en el Departamento de Investigación del Centro Weizsaecker de Consulta Médica, que fue presentado para su discusión en la sede del Centro, en el mes de abril de 1993

(1) Llambias, J. (1909) "Estudio de las inflamaciones esclerosas en general", tesis presentada para optar al cargo de Profesor Sustituto en la Cátedra de Anatomía Patológica de la Facultad de Medicina de UBA, Buenos Aires, pág. 1.

(2) Las palabras conjunto y conjuntivo derivan, ambas, del término juntar (Corominas, 1961).

(3) La palabra figura, que deriva de fingere (amasar con los dedos, dar forma, modelar) se presta especialmente para aludir a la confluencia de forma y significado.

(4) Chiozza, L.. Participación realizada en el CIMP el 14 de septiembre de 1984, durante la reunión sobre "Ruina y plenitud de la forma".

(5) La palabra pulsar significa "latir la arteria, el corazón u otra cosa que tiene movimiento sensible" y también "tantear un asunto para descubrir el medio de tratarlo" (Real Academia Española, 1950).

(6) Dayen, E. y Funosas, M. (1991) "Lo conjuntivo y la esclerosis", presentado en el Centro Weizsaecker de Consulta Médica, el 29 de noviembre de 1991, inédito.

(7) En la descripción de los rasgos de carácter de los viejos afectados de esclerosis suele señalarse el egocentrismo (Mosso, 1982).

(8) Particularmente interesantes parecen ser las formas de la disconformidad esclerosa que, de acuerdo con la denominación de Weizsaecker, podríamos llamar neuróticas y bióticas. Nos referimos aquí a las primeras fases del "endurecimiento" que dan lugar a contracturas y "fibrositis" de los músculos. Suelen ser más comunes en el cuello y en la espalda, simbolizando también, por su localización, una resistencia a la actitud de sumisión, representada en las expresiones agachar la cabeza o inclinarse (espalda in clusive), o doblegarse ante la realidad.

(9) Dayen, E. y Funosas, M. (1992) "La rigidez de Pedro", presentado en las Cuartas. Jornadas Científicas del CWCM, 1992. El caso fue tomado de un Estudio Patobiográfico realizado por los alumnos del curso teórico-clínico intensivo de Medicina Psicosomática y Psicoanálisis de los Trastornos Orgánicos, coordinado por el Dr. Obstfeld que se dicta en el Centro Weizsaecker de Consulta Médica.

(10) El hecho de que la enfermedad de Pedro comprometa, muy posiblemente, un mecanismo autoinmunitario podría ser comprendido como la expresión de una íntima e inconciente lucha interna entre dos aspectos de sí mismo, uno de los cuales se adjudica la representación "familiar" del que resiste, mientras que el otro, elástico o flexible, que se pronuncia como proclive al cambio, es tratado como un extraño "a la familia", como una "porquería" que debe ser atacada, "como si hubiera muerto" el parentesco del vínculo.

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