VII - UNA INTRODUCCIÓN AL ESTUDIO DE LAS CLAVES DE INERVACIÓN DE LOS AFECTOS*
Dr. Luis Chiozza, Dr. Luis Barbero, Lic. Liliana Casali, Dr. Roberto Salzman.
"Al llegar a su término,
por ahora indeterminable,
todos aquellos conocimientos
que hayamos logrado
adquirir en nuestro camino,
por mínimos que parezcan, se encontrarán
transformados en poder terapéutico."(Freud, 1916-17, pág. 190)
I - ALGUNAS REFERENCIAS HISTÓRICAS
Desde la antigüedad las emociones fueron objeto de interés para la filosofía, la teología, la psicología y la fisiología. Numerosos pensadores Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino, Maquiavelo, Bacon, Hobbes, Harvey, Pascal, Spinoza, Locke, Kant, Rousseau y W. James, entre otros han explorado diferentes aspectos de la experiencia emocional como, por ejemplo, la naturaleza de la emoción y sus causas; su clasificación y enumeración; su consideración desde el punto de vista de la moral, la política y la oratoria; su relación con la razón y la voluntad; las alteraciones corporales en la emoción; la descripción de afectos particulares; etc. (Great Books, 1990).
En el siglo VI A.C. los griegos vincularon la fuerza sensitiva con el corazón y la fuerza mental o cognoscitiva con el cerebro. Desde la época de Hipócrates y de Galeno hasta el siglo XIX, el mundo médico suscribió la teoría de que los pensamientos transcurren por el cerebro, mientras que las emociones circulan por el sistema cardiovascular (Babini, 1980, págs. 38-39; Pribram y Melges, 1969, pág. 319).
La idea de que las emociones alteran el curso normal del funcionamiento del cuerpo se conoce desde la antigüedad. Aristóteles sostenía que la mera advertencia de un peligro no induce a la fuga "a menos que el corazón se conmueva". En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino declara que "la pasión se encuentra donde hay una transmutación corporal" y describe algunos cambios somáticos que ocurren en el enojo y en el miedo (Great Books, 1990, págs. 329-330).
Descartes suele ser considerado como el primer autor que estudió metódicamente las emociones, separándolas de las consideraciones prácticas de la oratoria, la moral y la política (Dumas, 1933a, págs. 58-64; Great Books, 1989, pág 326). En su obra Las pasiones del alma, publicada en 1650, se apoya en los conocimientos científicos rudimentarios de su época, y vincula a los sentimientos con su manifestación en la fisonomía y en el sistema circulatorio (Dumas, 1933a).
En un libro que llegó a constituir una obra clásica sobre el tema, Darwin (1872a, pág. 8) estudia la expresión de las emociones en el hombre y en los animales. Considera que uno de los principios que rigen la expresión emocional es la reproducción, en un grado más débil, de acciones que fueron útiles en otra época, histórica o prehistórica, aunque carezcan de utilidad en la actualidad. En la configuración de la emoción tendría importancia la herencia de gestos, movimientos y costumbres que debieron adquirirse durante una larga serie de generaciones, y que aparecerían en los descendientes a una edad más temprana que aquella en la que fueron contraídos por sus antecesores.
Según Strachey, Freud (1926d *, pág. 126n) retoma esta idea de Darwin y desarrolla la teoría psicoanalítica de los afectos. El descubrimiento de que la represión de las emociones es determinante en la producción de las neurosis ubica a los afectos en un lugar central dentro de la teoría y la práctica psicoanalíticas.
El estudio psicoanalítico de las funciones corporales y de las enfermedades orgánicas (Chiozza, 1980a, págs. 136-137) busca interpretar esos fenómenos como desarrollos equivalentes específicos de afectos que permanecen inconcientes. Intentaremos realizar en este trabajo el camino complementario. Partiremos del estudio de los afectos para introducirnos en la tarea de identificar los signos físicos que configuran la clave de inervación específica de cada uno de ellos, y comprender el significado de esos signos como parte del acto motor, justificado en la filogenia, que los constituye.
II - FISIOLOGÍA DE LAS EMOCIONES
a. Introducción
Los estudios fisiológicos acerca de la emoción giran alrededor de dos teorías principales: las periféricas, que vinculan la emoción con las reacciones víscero-glandulares y las centrales, que sostienen que la emoción está condicionada por el sistema nervioso.
En 1884 James y Lange plantean la cuestión de la naturaleza de las emociones y postulan la tesis de que la emoción es la percepción de las sensaciones periféricas que corresponden a los cambios motrices, secretorios, vasculares, etc., que siguen a la percepción de un hecho excitante. Una emoción es inconcebible sin su expresión corporal; sólo resultaría entonces una forma puramente cognoscitiva, un juicio abstracto.
Las emociones particulares son la percepción de las diferentes sensaciones periféricas y la función de la corteza cerebral consistiría, en cuanto se refiere a los afectos, en recibir y percibir los cambios que se operan en cada uno de los órganos (Dumas, 1933b).
Autores posteriores discuten la idea de que la emoción es un fenómeno afectivo de naturaleza periférica. Cannon y Bard (en Pribram y Melges, 1969, pág. 319) sostienen que este aspecto es secundario, y que la emoción resultado de la interacción córtico-talámica estaría condicionada centralmente. El tálamo tiene conexiones con la corteza cerebral, que permite la conciencia de los procesos emocionales, y con los músculos y las vísceras, que expresan la emoción en todo el cuerpo.
Papez (1937) y MacLean asignan importancia tanto a los procesos viscerales como corticales. Sostienen, sin embargo, que el responsable del control visceral no es el tálamo sino el sistema límbico, que MacLean denomina cerebro visceral (Pribram y Melges, 1969, pág. 320).
Pribram y Melges (1969, págs. 316-342) desarrollan la teoría cibernética de las emociones y plantean que ellas constituyen un grupo de procesos que reflejan el estado de desorganización relativa de una configuración habitualmente estable de los sistemas neuronales, y constituyen también aquellos mecanismos que operan para restablecer el equilibrio inicial.
La reequilibración se efectúa a través del control sobre los estímulos que ingresan (input) más que sobre la acción en el ambiente, en tanto aquellos pueden interrumpir los planes que están en funcionamiento. Se produciría una discontinuidad temporaria, literalmente una "emoción" (término que proviene del latín e-movere que significa estar "fuera" o "lejos" del movimiento como acción sobre el mundo exterior).
Según Pribram y Melges (1969, págs. 316-342), un modelo excitatorio neuronal dado no produce una emoción sino que, más bien, ambos procesos se reflejan el uno al otro. La distinción entre ellos es parecida a la que existe entre el lenguaje compilado usado para programar una computadora y la secuencia electromagnética realizada por la máquina. Partiendo de un enfoque integral, consideran a la emoción desde dos marcos conceptuales de referencia: el social- comportamental, que comprende lo subjetivo intrapsíquico, y el biológico, que incluye lo físico, lo químico y lo neurológico. Esos diferentes universos del discurso permiten describir las imágenes "en espejo" que, aunque pueden desplegar características diferentes en los dos contextos, corresponden a sucesos idénticos.
b. Las emociones y el estrés
La Medicina vincula frecuentemente la influencia de las emociones sobre el organismo con la teoría del estrés, desarrollada por Hans Selye (1960). Este autor, interesado en comprender qué es la enfermedad, encuentra que la mayor parte de los signos y síntomas son comunes a prácticamente todos los trastornos. Describe el "sindrome de estar enfermo" y concibe una teoría unicista del enfermar. Sostiene que, aunque el daño pueda ser causado por una variedad de agentes nocivos, el organismo se defiende desarrollando una reacción general inespecífica, que denomina Sindrome de Estrés o Sindrome General de Adaptación (SGA) 1.
La palabra inglesa estrés significa, como sustantivo: "fuerza, peso, importancia; esfuerzo; tensión; acento, énfasis" y, como verbo: "someter a esfuerzo, dar importancia o énfasis, subrayar, poner de relieve" (Appleton's, 1962). Podemos pensar, por lo tanto, que su significación compromete aquello que describimos (Chiozza, 1979c, pág. 468) con el nombre de significancia importancia del significado. En este sentido, el estrés aludiría a aquello que tiene "acento, énfasis, importancia", y el sindrome de estrés sería un sindrome de "énfasis", que puede ser desencadenado por cualquier agente que adquiere importancia. A veces tiene valor curativo y resulta estimulante, como en el caso de las tareas vitales nuevas y complejas.
Aunque en el empleo médico y psiquiátrico y, también en el uso cotidiano, suelen tomarse como equivalentes, Selye destaca que el estrés no es tensión nerviosa o emocional. Las emociones pueden ser uno de los múltiples agentes productores de estrés, así como las heridas, infecciones, traumatismos, venenos, etc., o bien pueden constituir uno de los síntomas subjetivos del sindrome de estrés. Por ejemplo, cualquiera que se siente agotado, que experimenta todo lo que está haciendo o le está ocurriendo como extenuante, tiene la vivencia de lo que significa la fase de agotamiento del estrés.
Desde un significado más amplio del que la palabra ha conservado actualmente, el estrés comprende tanto las modificaciones en la estructura y composición química del organismo, que son signos directos del daño o la lesión, como los cambios que son manifestación de las reacciones defensivas, o de adaptación. El estrés no constituye necesariamente una alteración en el estado de salud; puede ser el precio que se paga por el desgaste que se produce durante el vivir normal.
c. El cerebro y las emociones
Taylor (1979, págs. 36-37), basándose en los descubrimientos de Gall, describe la existencia de cuatro cerebros: 1) el cerebro antiguo o paleoencéfalo, al que denomina "el jefe de máquinas, cuya función es regular los latidos cardíacos, la respiración, el tamaño de los vasos, etc.; 2) el cerebro pequeño o cerebelo, que funciona como "el piloto automático" y se ocupa de los actos o habilidades que, ya aprendidos, se realizan "sin pensar"; 3) el cerebro nuevo o corteza cerebral, cuya función es la de ser "el capitán", y 4) el rinencéfalo2, que se relaciona con las emociones.
La corteza es el analista de la visión y el ejecutor del comportamiento. Funciona como una computadora a la que se recurre para efectuar estudios precisos y detallados, y parece referir sus hallazgos sobre el mundo al rinencéfalo, para que éste los "evalúe" emocionalmente. De acuerdo con Ewert (citado por Taylor, 1979, pág. 39), el cerebro nuevo "nos dice qué es" y el rinencéfalo "nos comunica si tiene importancia".
Olds (citado por Taylor, 1979, pág. 39) denomina al cerebro vinculado con las emociones "cerebro caliente" y a la corteza "cerebro frío". El primero "es impulsivo y porfiado, se impacienta por conseguir todo enseguida e intenta imponer sus normas al mundo exterior". El segundo "medita el futuro y calcula el resultado de sus actos; a veces dice 'no' al 'caliente' y trata de establecer la organización externa en la interna. Sin embargo, en los momentos extremos de miedo, ira o alegría, el cerebro 'caliente' se halla tan hiperactivado que ignora o acalla los datos provenientes de la corteza" (Taylor, 1979, pág. 40).
Según Koestler (citado por Taylor, 1979, pág. 40) los problemas humanos se deben al enorme desarrollo del cerebro "frío" a expensas de nuestros sentimientos, es decir, al exceso de razón que genera la búsqueda de propósitos intelectualmente impuestos, en aras de los cuales es posible encarcelar, torturar y matar. Considera que las emociones del cerebro "caliente" serían amistosas si éste se hallase exento del hipertrofiado dominio cortical.
Taylor (1979), en cambio, piensa que nuestro cerebro "caliente", que ansía poder, prestigio y riqueza, es poderoso y esclaviza al "frío", que ingenia, sumiso, proyectos y armas con los cuales alcanzar sus fines. Sugiere la posibilidad, si es que existe, de modificar las exigencias del cerebro "caliente" orientándolas en dirección más pacífica y comunitaria.
En un trabajo anterior acerca de las cefaleas y los accidentes cerebrovasculares, (Chiozza y col., 1991b) sostuvimos que el cerebro interviene preponderantemente en la actividad de pensar y que, por este motivo, el cerebro o la cabeza suelen arrogarse la representación de los procesos de pensamiento. Retomamos entonces la concepción de MacLean (1949) quien, de acuerdo con la antigüedad filogenética, diferencia tres cerebros: 1) el arquiencéfalo o cerebro "reptil", que regula el funcionamiento visceral y los mecanismos reflejos, y posee un sistema de alarma frente a la información sensorial; 2) el paleoencéfalo o cerebro "roedor", denominado también "cerebro caliente", que integra las emociones. Su vinculación con el cerebelo, órgano que incorpora las habilidades aprendidas y las transforma en hábitos automáticos, permite admitir la existencia de automatismos afectivos, adquiridos y heredados, tal como sostenía Darwin (1872a, págs. 7-32); y 3) el neoencéfalo (neocórtex) o "cerebro frío", que suele ser comparado con las computadoras digitales y está ligado a los procesos del pensamiento racional y a la ejecución de acciones voluntarias. Se considera que posee, asimismo, la importante función de inhibir o atemperar la conducta afectiva. Cobb (citado por Chiozza y col., 1991b) sostiene que esto último se deduce al observar las reacciones emocionales intensas (por ejemplo, ataques de ira) que se producen cuando, por medio de lesiones experimentales, se libera al arquiencéfalo y al paleoencéfalo del control ejercido por el neoencéfalo.
De acuerdo con la teoría psicoanalítica, la descarga afectiva es una de las manifestaciones que proviene de la organización pulsional, y cuando la descarga se realiza a plena cantidad, se configura un afecto primario, que corresponde a lo que suele denominarse una "pasión". Tal como lo planteamos en un trabajo anterior (Chiozza y col. 1991b), si la descarga de una pasión resulta displacentera para una parte del yo, o se genera un conflicto entre emociones contradictorias, puede surgir la necesidad de atemperar los afectos, proceso que se realiza a través del trabajo del pensamiento, es decir, de la ligadura que integra los componentes ideativos del afecto conflictivo con los de otros afectos o con procesos cogitativos y juicios previos. En otras palabras: las investigaciones desarrolladas por la neurofisiología acerca del cerebro y, más específicamente, de la corteza cerebral, coinciden con los hallazgos provenientes del psicoanálisis en sostener que una de las funciones de los pensamientos es la de atemperar las emociones.
d. Las emociones y el sistema límbico
Los estudios neurofisiopsicológicos (MacLean, 1949; Balcells Gorina y col. 1965; Best & Taylor, 1991) han puesto de relieve la importancia que tiene el sistema límbico en la organización de la vida instintivo-afectiva, así como en la modulación de las funciones viscerales y endócrinas.
En el rinencéfalo pueden reconocerse dos grandes componentes, el lóbulo olfatorio en la parte basal y el lóbulo límbico, formado por las estructuras dispuestas circunferencialmente alrededor del hilio del hemisferio y limitadas por fuera por el surco del hipocampo, continuado por el seno del cuerpo calloso.
En el lóbulo límbico se distingue un limbo medular, formado por la fimbria y el fórnix, y un limbo cortical o hipocámpico. El hipocampo tiene su mayor desarrollo en el hombre y es sumamente importante, no solo por su morfología compleja sino por su significación funcional.
Al rinencéfalo se aproximan otras estructuras vecinas, que caben en una idea amplia del sistema límbico: la circunvolución del cuerpo calloso, el istmo del gran limbo cortical de Broca, la región de la ínsula, la corteza orbitaria y la región teletemporal.
El sistema límbico guarda íntimas conexiones con el hipotálamo y con la formación reticulada mesencefálica. Basándose en la disposición circunferencial de las estructuras en cuestión, Papez (Balcells Gorina y col., 1965, pág. 990) propuso un "circuito" que, partiendo del hipocampo, pasa a través del trígono a los tubérculos mamilares y luego por el fascículo mamilotalámico, a los núcleos anteriores del tálamo, de donde prosigue hacia el giro cingular y de nuevo hacia el hipocampo. Sin embargo, parecería que no está demostrado que existan conexiones importantes que "cierren" este circuito rinencéfalo-diencéfalo-rinencefálico. Mayor justificación anatómica e importancia funcional parece tener el circuito retículo-rinencéfalo-reticular descripto por Adey (Balcells Gorina y col., 1965, pág. 990), que arranca de la formación reticulada mesencefálica, pasa a las áreas talámicas y septales, ingresa por el trígono hacia el hipocampo, pasa al lóbulo olfatorio posterior y de nuevo se proyecta, a través de la stria medullaris, sobre la sustancia reticulada.
En conjunto, el sistema límbico tiene una acción que puede llamarse moduladora, en comparación con la función analizadora de la corteza. Interviene como eslabón fundamental en la integración de la vida emocional del hombre aunque, a su vez, "el sistema límbico se va construyendo a sí mismo -en sentido anátomofuncional- a lo largo de la vida humana, sobre todo en los primeros años, de acuerdo con las sucesivas integraciones emocionales en que va participando" (Balcells Gorina y col., 1965, pág. 990).
El lóbulo límbico recibe informaciones de todos o prácticamente todos los sistemas aferentes. Además de intervenir de manera importante en los registros mnésicos, en la modulación endocrina y de los mecanismos de defensa, interviene en la modulación de las funciones orales, sexuales, y de los comportamientos emocionales (principalmente el miedo y la cólera). Es un eslabón primordial en la regulación de la actividad visceral. Influye sobre una profusión de actividades efectoras vegetativas y también somatomotoras y tiene una participación preponderante en la neurofisiología de las integraciones emocionales.
En tanto la emoción se configura como un proceso de descarga vegetativa, sensorio-motora, el sistema límbico, cuya función consiste en regular dichos procesos, parecería actuar como la central organizadora (de los componentes somáticos) de la clave de inervación, que determina la figura específica de cada afecto particular.
III - LA TEORÍA PSICOANALÍTICA DE LOS AFECTOS
Freud desarrolló sus ideas sobre los afectos en distintos pasajes de su obra, sin reunirlos en una concepción sistemática. Tal vez la dificultad de integrar sus afirmaciones en una teoría unificada dio lugar a controversias, que subsisten hasta la actualidad, entre los autores psicoanalíticos. Los trabajos que acerca del tema publicaron Brierley (1951), Rapaport (1962), Rangell (1967), Sandler (1972), Green (1973) y Limentani (1977), muestran la existencia de diferentes lecturas de los textos freudianos y de sus implicancias para la teoría y la práctica clínica.
En el Apéndice al trabajo de Freud "Las neuropsicosis de defensa" (1894a *, págs. 62-66), Strachey señala que en numerosos pasajes de varias obras Freud parece emplear indistintamente los términos afecto , emoción y sentimiento. Sin embargo, su distinta denominación parece aludir a matices que los diferencian. La etimología señala que el término "afecto" deriva del latín afficere, "influir, obrar sobre alguno", "afectar" (Blánquez Fraile, 1960). Un "afecto" es, entonces, en primera instancia, algo que "afecta" al yo. Cuando el afecto, por la deformación de la clave mediante la cual se descarga, no puede ser reconocido como tal, suele ser percibido por la conciencia como una "afección" somática, privada de su significado emotivo (Chiozza, 1975b). La palabra emoción proviene del francés emouvoir, que significa "conmover", "emocionar" (Corominas, 1961). Está formada por motion, "mover", "poner en movimiento", y por la partícula e- que, según Skeat (1882) quiere decir out. que significa "fuera", "sin participación en", y much equivalente a "mucho". De allí que el término emoción puede aludir, como señalan Pribram y Melges (1969), a estar fuera del movimiento que implica una acción sobre el mundo exterior, o puede referirse al movimiento afectivo que, como conmoción neurovegetativa, recae sobre el yo. El término "sentimiento" deriva del latín sentire, que condensa los significados de "sensación", "percibir a través de los sentidos" y "darse cuenta de algo", "pensar, opinar". (Blánquez Fraile, 1960; Corominas, 1961). Pensamos que, en un sentido más restringido, la palabra "sentimiento" designa a los afectos que, atemperados por los procesos de pensamiento, llegan a la conciencia y allí reciben un nombre (Chiozza, 1976a).
En diferentes pasajes de su obra, Freud afirma que la agencia representante de la pulsión consta de dos elementos: a) la representación o idea, y b) el factor cuantitativo o energía pulsional que inviste la representación, y que denomina "monto de afecto" o "suma de excitación", términos que según Strachey Freud equipara (Freud, 1894a *, pág. 61). El afecto aparece, entonces, como una cantidad, es decir, como algo que es susceptible de aumento, disminución, desplazamiento o descarga. Sin embargo, en un artículo que escribe en francés (Freud, 1893c *, págs. 208-210), utiliza la expresión "valor afectivo", cuyos términos comprometen una idea de significación que va más allá de la mera cantidad.
Freud (1915d *, pág. 151; 1915e *, pág. 174) sostiene que la meta genuina de la represión es la sofocación del afecto y establece diferencias entre los afectos o emociones inconcientes y las ideas o representaciones inconcientes. La posibilidad de acceso a la conciencia de una idea inconciente depende de la transferencia de una investidura inconciente actual sobre huellas mnémicas preconcientes verbales o visuales, mientras que los afectos son procesos actuales de descarga, cuyas exteriorizaciones últimas son percibidas como sensaciones y sentimientos. Considera que no puede hablarse de afectos inconcientes en un sentido análogo al que utilizamos cuando nos referimos a las representaciones inconcientes. A diferencia de la idea inconciente, que sigue existiendo como formación "real", "al afecto inconciente le corresponde sólo una posibilidad de planteo (o amago) a la que no se le permite desplegarse". Esta disposición potencial al desarrollo de afecto constituye las "formaciones de afecto" (Freud, 1915e *, pág. 174) o "estructura afectiva disposicional inconciente" (Chiozza, 1976c, pág. 219).
El afecto se configuraría entonces como disposición o potencia en lo inconciente y como actualidad3 en la conciencia, en tanto posee las características de la sensación somática (Freud, 1917d *, pág. 222; Chiozza, 1991b, págs. 31-32). El afecto como actualidad es un acto, un proceso de descarga que incluye: 1) determinadas inervaciones o descargas motrices (inervación secretora y vasomotriz), y 2) ciertas sensaciones que son de dos clases, percepción de las acciones ocurridas y sensaciones directas de placer y displacer que prestan al afecto su tono dominante (Freud, 1916-1917*, pág. 360), con diferentes gamas y matices.
Los afectos constituyen una clase determinada de procesos de descarga: son actos motores o secretores que se realizan en el propio cuerpo, a diferencia de la acción específica, eficaz, que se desarrolla sobre el mundo "exterior". Freud considera que los afectos tienen una clave de inervación que está situada en las ideas del inconciente (Freud, 1900a *4, pág. 573) . La palabra "inervación" parece tener un significado ambiguo. Si bien se usa en Medicina para denominar la distribución anatómica de los nervios del organismo o de alguna región del cuerpo, Strachey (ibídem) interpreta que Freud la utiliza más a menudo para denotar la transmisión de energía a un sistema de nervios, específicamente a un sistema de nervios eferentes, para indicar un proceso que tiende a la descarga de energía. Freud (1900a *) utiliza el término "clave" para indicar, además, que la descarga se realiza de acuerdo con una particular figura o configuración.
La interpretación de los fenómenos histéricos y su comparación con los afectos llevó a Freud (1916-17*) a un nuevo enfoque. Por extraño que pueda parecer, entre los numerosos autores que se han ocupado de la teoría psicoanalítica de los afectos, la gran mayoría Brierley (1951) y Rapaport, (1962) son una excepción no han reparado en esta fundamental contribución freudiana a la comprensión simultánea de los afectos y la histeria. Freud sostiene que el ataque histérico, que constituye la reminiscencia de un suceso individual perteneciente a la vida infantil, sería comparable a un afecto neoformado. El afecto normal, en cambio, equivale a la expresión de una histeria general, universal, que se ha hecho hereditaria (Freud, 1916-17*, pág. 360). Los afectos serían equivalentes a ataques histéricos heredados y universales (Freud, 1926d *, pág. 126), es decir, son reminiscencias, símbolos mnémicos que, en lugar de corresponder a una situación actual, constituyen un "modo de recordar" un suceso pretérito que permanece fuera de la conciencia (Chiozza, 1976c, pág. 220). Este suceso arcaico es un acontecimiento motor que pertenece a la filogenia y que, en su momento, fue "justificado" por su adecuación a un fin. Los afectos son los arquetipos normales de los ataques histéricos (Freud, 1926d *, pág. 126).
Para explicar el ataque histérico es necesario buscar en la historia personal ontogenia infantil la situación en la que los movimientos correspondientes formaron parte de una acción justificada (Freud, 1926d *, pág. 126). El acto motor vegetativo denominado afecto es, en las condiciones actuales en que se produce, tan "injustificado" como un ataque histérico. Si, cuando un sujeto se enoja, "se pone colorado, aumenta su presión sanguínea y circula más sangre por sus músculos, es porque lo que es hoy una discusión era, en el pasado remoto, una pelea física para la cual tenían sentido esos cambios corporales" (Chiozza, 1986a, pág. 79). A diferencia de la acción específica, eficaz, que se ejerce sobre el mundo exterior y satisface la necesidad, el afecto es una acción ineficaz, pues, a la manera de un síntoma histérico, se descarga sobre el propio organismo y sólo puede lograr que la excitación cese momentáneamente, a expensas de recrearla en otra zona erógena (Chiozza, 1976 c, pág. 218). El hecho de que los afectos son "universales" explica que pase desapercibido, para la conciencia, su carácter de síntomas.
En el trabajo citado anteriormente (Chiozza y col. 1991b) diferenciábamos las acciones "eficaces, específicas", de las acciones "justificadas". Señalábamos entonces que las acciones eficaces son aquellas que logran hacer cesar las excitaciones que emanan de las
fuentes pulsionales. En tanto cada fuente pulsional es cualitativamente diferente, queda implícito que estas acciones deben ser específicas y, por ese motivo, Freud en su Proyecto ... (1950a *) las denomina acciones específicas. Las acciones son justificadas, en cambio, cuando su sentido, su dirección hacia la meta, o su finalidad, resultan comprensibles, independientemente de cuál sea su eficacia.
En relación al origen de los afectos, Freud (1950a *) plantea que cuando no se logra realizar la acción específica, eficaz, que lleva a la alteración "exterior", los afectos surgen como una vía de descarga hacia la alteración "interior", y operan al modo de una válvula reguladora. Cuanto menos eficaz resulta la acción, mayor es el remanente de excitación que se descarga como afecto; cuanto mayor es la eficacia del acto en el mundo exterior, menor es el desarrollo de afecto (Chiozza, 1976c). La acción y el afecto constituyen una serie complementaria.
Cuando la pulsión reinviste la huella mnémica de la experiencia de satisfacción, se conforma el deseo inconciente. El deseo se experimenta como ganas de y se acompaña de sensaciones corporales, de allí que cada deseo posea su particular clave de inervación y sea cualitativamente específico. Cuando el deseo se descarga como realización, constituye una acción eficaz que sigue las pautas de la clave de inervación correspondiente a ese acto específico y culmina en la satisfacción de la necesidad que "sostenía" al deseo. "Una parte" de ese deseo se descarga siempre, al mismo tiempo, como cumplimiento, configurando un afecto, es decir, una descarga sobre el propio cuerpo, que sigue una pauta filogenética, la huella mnémica de un suceso motor que formó parte de un acto justificado en la prehistoria y actualmente injustificado. Cuando la descarga eficaz resulta lograda, el remanente afectivo queda integrado con la acción, constituyendo un acto pleno de sentido (Chiozza, 1995g).
La descarga afectiva cobra, posteriormente en el Proyecto... (Freud, 1950a *), una función secundaria al llamar la atención del objeto auxiliador, y sirve entonces para el entendimiento con los otros. De este modo los afectos configuran, en un cierto sentido, a los fines de la comunicación, una acción eficaz.
Tal como hemos visto los afectos, las emociones, o los sentimientos, constituyen un modo inconciente de repetir un suceso pretérito filogenético que, como recuerdo, permanece fuera de la conciencia. Podemos preguntarnos ahora de que depende, entonces, la posibilidad de aquello que denominamos crecimiento, o progreso, en la vida emocional de un sujeto. Cuando nos ocupamos de investigar el significado inconciente de las cardiopatías isquémicas (Chiozza y col., 1983 b) reclamó nuestra atención el hecho de que determinados afectos permanecen, en algunas personas, como disposiciones inconcientes que nunca fueron actuales. Tales disposiciones pueden pre-sentirse, constituyendo lo que denominamos protoafectos, o desarrollarse plenamente, actualizándose como emociones que son "nuevas" para esa persona. El crecimiento emocional de un sujeto dependerá, por lo tanto, no solamente de la posibilidad de atemperar algunas pasiones, sino también de cuales serán las disposiciones afectivas inconcientes que se actualizarán en su vida, permitiéndole "desplegarse" en la plenitud de su forma.
Basándonos en las ideas de Freud, afirmamos (Chiozza, 1986a, págs. 70-80) que el afecto posee las características de los fenómenos "somáticos" y "psíquicos". Por un lado, es una descarga "real", somática, y por el otro una reminiscencia, un "recuerdo" psíquico.
Todo afecto cualitativamente diferenciado puede ser reconocido como tal, precisamente porque posee una particular "figura". Cada emoción distinta es un movimiento vegetativo, que proviene de una excitación nerviosa que se realiza de una manera típica, determinada filogenéticamente por una huella mnémica inconciente, por un "registro" motor y sensorial heredado, que corresponde a lo que Freud denominó "clave de inervación" (Freud, 1900a* pág. 573; Chiozza, 1976c, pág. 219).
La clave de inervación del afecto es una idea inconciente que determina la particular cualidad de cada una de las distintas descargas motoras vegetativas que caracterizan a los diferentes afectos. Cuando un afecto conserva íntegra la coherencia de su clave, es posible reconocerlo como una determinada emoción.
A diferencia de las neurosis y psicosis, en las que la coherencia del afecto se conserva, sostuvimos (Chiozza, 1975b, pág. 250) que en la enfermedad somática se produce una "descomposición patosomática" del afecto. Cuando una emoción que resulta intolerable a la conciencia se reprime, la importancia o investidura puede desplazarse "dentro" de la misma clave de inervación, de modo que algunos elementos de la clave reciben una carga más intensa, en detrimento de otros. Cuando el proceso de descarga se produce a partir de esa clave "deformada", la conciencia no registra un afecto, percibe una "afección", un fenómeno que categoriza como "somático", precisamente porque la cualidad psíquica, el significado afectivo de ese fenómeno, permanece inconciente (Chiozza, 1975b).
IV - AFECTOS FUNDAMENTALES Y ALGUNAS DE SUS INERVACIONES
"Es tan poco lo que hay
sobre la psicología de los procesos
de sentimiento, que las siguientes,
tímidas, puntualizaciones,
tienen derecho a reclamar
la mayor indulgencia."(Freud, 1926d *, pág. 158)
a. Clasificación de los afectos
Freud (1926d *) sostuvo que los afectos son típicos y universales, sin embargo, tal como lo señala Bateson (1972, págs. 398-399), el lenguaje humano dispone de miles de palabras para designar a los objetos y muy pocas para designar afectos. La enorme riqueza, en variedades y matices, de los estados afectivos humanos, pasa así, en cierto modo, desapercibida, porque, aunque es posible concientizar afectos sin intermediación de la palabra, la carencia de vocablos alusivos a esas variedades y matices, determina que no podamos referirnos a ellos claramente, durante los procesos de comunicación o pensamiento.
A partir de Freud, caracterizamos (Chiozza, 1972a, pág. 195) distintos tipos de afectos. Cuando la descarga se realiza a plena cantidad estamos en presencia de un "afecto primario", que equivale a lo que se denomina una pasión. La atemperación de las emociones a través del proceso de pensamiento, o de la elaboración psíquica, configura un "afecto secundario", que corresponde a lo que suele llamarse sentimiento. Agregamos (Chiozza y col. 1991b, págs. 179-180) que la "nominación" de los afectos primarios o secundarios, su enlace con representaciones palabra adecuadas, puede alcanzar una nominación verbal "impasible", despojada totalmente de emoción, tal como ocurre en la formación del pensamiento lógico.
Entre las emociones encontramos algunas que son típicas y reconocidas como tales por una gran mayoría de personas, como la envidia, el odio, el rencor, el asco, la vergüenza, el anhelo, la nostalgia, etc., y también diferentes matices afectivos para cuya nominación el lenguaje resulta insuficiente (Bateson, 1972). La investigación psicoanalítica de los trastornos somáticos ha conducido a descubrir afectos que, por lo habitual, no son reconocidos o nominados como tales. Debido a la falta de vocablos unívocos para designarlos se hizo necesario recurrir a expresiones como, por ejemplo, el "sentimiento de ignominia" (Chiozza y col. 1983b, pág. 294), el "sentimiento de propiedad" (Chiozza y Obstfeld, 1991a, pág. 111) y los sentimientos de "desmoronamiento" y de "infracción" (Chiozza y col. 1991c, págs. 148-149), o a giros lingüísticos tales como el "estar en carne viva" o el "estar escamado" (Chiozza y col.,1991f, págs. 33-34).
La mayor parte de los estudios realizados en Medicina sobre la fisiología de los afectos suelen referirse a la relación entre el sistema nervioso y los cambios motores, secretorios, vasculares, etc. que configuran la descarga emocional, o a la relación entre las emociones y el estrés. No hemos encontrado en las investigaciones médicas consultadas5 una vía de acceso a la comprensión de la "figura" particular de los diferentes afectos. Los trabajos clásicos acerca de la expresión de las emociones que desarrollaron Darwin (1872) y Dumas (1933), o los más actualizados, que provienen del campo de la Etología (Lorenz, 1965; Morris, 1967), permiten, en cambio, identificar signos físicos típicos, que forman parte de la expresión específica y particular de determinados afectos.
Dumas (1933c, págs. 278-280) diferencia dos tonalidades afectivas básicas: lo agradable y lo desagradable, que corresponderían a las sensaciones de placer y displacer que, de acuerdo con Freud (1916-17*, pág. 360), confieren al afecto su tono dominante.
En "El corazón tiene razones que la razón ignora" (Chiozza, 1978f, págs. 357-362) decíamos que la fundamental participación de la actividad vasomotora en el acontecimiento que llamamos emoción, permite comprender que el corazón, un vaso modificado hasta alcanzar una gran complejidad funcional, se preste para simbolizar a los sentimientos en general y, en especial, al proceso mediante el cual se prefiguran o pre-sienten los afectos. Señalábamos también que el ritmo cardíaco, el fenómeno que más típicamente caracteriza al corazón, se adjudica, como si se tratara de una especie de metrónomo o marcapaso, la representación del tono afectivo que cualifica al instante que se vive, de modo que el corazón es al tiempo lo que el ojo es al espacio.
Darwin (1872b, pág. 61) y Dumas (1933d, pág. 440) afirman que casi todos los fisiólogos y los psicólogos han clasificado a las emociones en dos grandes grupos: 1) las que excitan, dentro de las cuales Darwin coloca en primera línea a la alegría y a la cólera, y 2) las que deprimen, entre las cuales ubica a la tristeza y al miedo.
Dumas (1933d, pág 442), en cambio, sostiene que las emociones tienen una forma activa, que se traduce mediante reacciones de excitación (propias del sistema nervioso simpático: taquicardia, hipertensión, hipertonía, horripilación, etc.) y una pasiva, que se caracteriza por reacciones de depresión (correspondientes a la acción del sistema nervioso parasimpático: bradicardia, hipotensión, hipotonía, etc.). Distingue cuatro emociones principales: la alegría, la tristeza, el miedo y la cólera, y describe, como hemos dicho, una expresión activa, y una pasiva, para cada una de ellas.
Consideramos que cada una de estas emociones básicas nuclea un grupo de afectos emparentados entre sí. Estos afectos comparten algunos signos físicos de una clave de inervación común y presentan otros diferentes, que le otorgan un matiz particular a su figura y a su significación. Así, por ejemplo, la cólera, la ira, la furia, la rabia, el enojo, el enfado, el rencor, el encono y el resentimiento, son distintas emociones que integran un mismo grupo afectivo.
Freud (1915c *, pág. 128) plantea que la vida anímica se organiza alrededor de tres polaridades básicas, una de las cuales está constituida por el par amor-odio que, a su vez, presenta una correspondencia con las fuerzas de atracción y de rechazo que operan en el ámbito del universo. Ambos conceptos, tanto el que se vincula con el "mundo" psíquico como el que se refiere al físico, aluden a dos tipos fundamentales de relación: uno signado por la valencia positiva, que promueve atracción y acercamiento, y otro caracterizado por la valencia negativa, que provoca rechazo y alejamiento. Pensamos que la tristeza y la alegría se constituyen, predominantemente, como vicisitudes del amor; la cólera y el miedo, en cambio, como vicisitudes del odio.
Dentro del orden de los afectos, en la esfera del pathos, encontramos otro modo de referirnos a estas dos formas básicas de vínculo: la "simpatía" y la "antipatía".
La palabra simpatía del griego syn (con) y pathos (pasión) significa "sentir con", es decir, una "inclinación natural a participar de los sentimientos e impresiones que los demás experimentan" (Corominas, 1961). Antipatía, por el contrario, es "repugnancia, aversión, repulsión que instintivamente se experimenta hacia una persona o cosa". Los vocablos amor, atracción, agrado son sinónimos de simpatía, y las palabras odio, repulsión, desagrado, sinónimos de antipatía (Sainz de Robles, 1979).
Weizsaecker (1947, págs. 106-109) sostiene que, junto a las categorías ónticas, existen cinco categorías páticas constituidas por el querer, el poder, el deber, el "tener permiso de" y el "estar obligado a", las cuales, interrelacionadas entre sí, configuran una especie de estructura pentagonal, un "pentagrama pático", que encuadra el sentido de toda vida humana. Cada una de esas categorías constituye un estado afectivo, y para referirnos a cualquiera de ellas solemos utilizar la palabra sentimiento. Óntico es todo lo que pertenece a la categoría del ser actual. Todo lo que es, es óntico. Pático, en cambio, es lo que pertenece a la categoría del pathos, es decir del sentir o, también, del padecer, aquello que se quiere, se puede, se debe, se tiene permiso de, o se está obligado a, ser, justamente porque todavía, sin embargo, no se es.
Desde ese punto de vista podemos decir que la actualidad del padecer consiste, precisamente, en una disposición latente para ser lo que, actualmente, no se es. Los afectos, como ataques histéricos universales y congénitos, no sólo conmemoran un acontecimiento filogenético caracterizado por el sufrir una carencia, sino que, como hemos visto, perpetúan, en el presente, una falta que testimonia el grado de fracaso de una acción eficaz, fracaso que se resignifica con una eficacia secundaria gracias a que el afecto adquiere un nuevo sentido como acto de comunicación.
Freud (1915c *, pág. 131) afirma que "Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces hablamos también de la 'atracción' que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que 'amamos al objeto'". Podemos pensar, por lo tanto, que, en rasgos generales, así como la proximidad del objeto amado engendra las emociones emparentadas con la alegría, la pérdida de ese objeto desencadena afectos que pertenecen al grupo presidido por la tristeza.
De acuerdo con Freud (1915c *), "el odio es, como relación con el objeto, más antiguo que el amor: brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone, en el comienzo, al mundo externo prodigador de estímulos"[...] "Cuando el objeto es fuente de sensaciones de displacer, una tendencia se afana en aumentar la distancia entre él y el yo, en repetir con relación a él, el intento originario de huida frente al mundo exterior emisor de estímulos. Sentimos la `repulsión' del objeto, y lo odiamos; este odio puede después acrecentarse convirtiéndose en la inclinación de agredir al objeto con el propósito de aniquilarlo". Podemos pensar entonces que de la tendencia básica de odio-rechazo-antipatía, surgen dos grupos de afectos diferentes: uno vinculado con un acto motor justificado de huida, el miedo, y otro relacionado con un acto motor justificado de ataque al objeto, la cólera.
b. En torno del dolor, del duelo, de la tristeza y del llanto
A pesar de que solemos diferenciar claramente un dolor que llamamos físico de otro que denominamos pena o dolor psíquico, ambos acontecimientos, en cuanto constituyen, en sus "últimas" manifestaciones, estados de conciencia, son, por su conclusión, procesos psíquicos. Por lo tanto los adjetivos físico y psíquico , cuando los aplicamos al dolor, lejos de intentar tipificar las cualidades del suceso, deben necesariamente constituir el modo en que afirmamos, implícita o explícitamente, una teoría acerca de su origen.
En numerosos pasajes de la obra de Freud, desde el Proyecto... (1950a *, pág, 364-365) hasta Inhibición, síntoma y angustia (1926d *, pág. 159), encontramos la distinción entre el dolor físico y el psíquico. El dolor físico ocurre cuando un estímulo anormalmente intenso, partiendo de la periferia, o de los órganos internos, vence los dispositivos de protección, y actúa, entonces, como un estímulo pulsional continuado del cual es imposible sustraerse. El dolor psíquico, en cambio, es la genuina reacción frente a la pérdida de un objeto que, por obra de una necesidad actual, recibe una investidura " ... intensiva, que ha de llamarse 'añorante' "(Freud, 1926d *, pág. 159)6.
En cuanto a las diferencias cualitativas existentes entre el dolor psíquico, el duelo, y la tristeza7, por un lado, y el estado afectivo que denominamos angustia, por el otro, provienen, en opinión de Freud (1926d * pág. 160), de que el dolor anímico surge como consecuencia de la intensa investidura que deriva de un necesidad actual insatisfecha, "desesperada" y traumática, del objeto añorado y ausente, que se experimenta como un daño, mientras que la angustia es el producto de una vivencia de peligro que sólo es posible cuando la necesidad no es actual.
Freud (1926d *, pág. 159) sostiene que en la añoranza "... falta por completo el factor, esencial para el dolor, de la estimulación periférica", pero, señala que " ... no dejará de tener sentido que el lenguaje haya creado el concepto de dolor interior, anímico, equiparando enteramente las sensaciones de la pérdida del objeto al dolor corporal".
En Introducción del narcisismo Freud (1914c * pág. 79) se hace solidario con la afirmación de Busch, quien, refiriéndose al poeta con dolor de muelas dice que "En la estrecha cavidad de su muela se recluye su alma toda". A consecuencia del dolor corporal, sostiene (Freud, 1926d *, pág. 160), se genera una investidura elevada, narcisista, del lugar que duele. En otras palabras: un estancamiento hipocondríaco (Freud, 1914c, pág. 80), ya que recibimos entonces " ... representaciones espaciales, y de otras partes del cuerpo, que no suelen estar subrogadas en el representar conciente" (Freud, 1926d *, pág. 160).
En este punto Freud (1926d *, pág. 160) escribe: "La intensiva investidura de añoranza, en continuo crecimiento a consecuencia de su carácter irrestañable, del objeto ausente [perdido] crea las mismas condiciones económicas que la investidura de dolor del lugar lastimado8 del cuerpo y hace posible prescindir del condicionamiento periférico [propio] del dolor corporal". Y añade: "La representación-objeto, que recibe de la necesidad una elevada investidura, desempeña el papel del lugar del cuerpo investido por el incremento de estímulo. La continuidad del proceso de investidura y su carácter no inhibible, producen idéntico estado de desvalimiento psíquico."
En los procesos de duelo (Freud, 1917e *, pág. 252), continúa diciendo, el examen de la realidad exige realizar el trabajo de "perder" al objeto, desligándose de él, en todas las situaciones en que ese objeto (Objekt) fue motivo (Gegenstand) de una investidura elevada9. Ese trabajo, elaborativo, de pérdidas repetidas, es doloroso, porque la investidura actual de añoranza es elevada e incumplible (Freud, 1926d *, pág. 161).
La etimología y el significado de las palabras duelo10, pena11, aflicción 12 y pesar13, que comprometen los sentimientos de culpa, castigo y condena, muestra que el proceso de duelo se integra en una serie continua en uno de cuyos extremos se halla la enfermedad, y la alteración del ánimo, que obtiene su nombre del sentimiento llamado melancolía14, caracterizado por una forma de tristeza "vaga, profunda, sosegada y permanente" (Real Academia Española, 1950) en la cual predominan la amargura y el humor bilioso.
Tal como surge de los párrafos que citamos antes, Freud aproxima la metapsicología del dolor psíquico a la del dolor físico, hasta un punto en que casi las convierte en coincidentes. Pero podemos encontrar, además, en sus afirmaciones, otras implicancias, ya que Freud equipara al dolor psíquico con el proceso de duelo y con la tristeza, que es un estado afectivo y, en tanto tal, un proceso de descarga actual y "real".
Podemos entonces afirmar que, en los procesos de descarga que corresponden al afecto, los componentes actuales que se manifiestan como sensación somática ("hipocondríaca") mimetizan las condiciones que, durante el dolor físico, se generan por la "percepción" de un trauma periférico presente, o por obra de estímulos surgidos de una sobreexcitación somática.
El dolor "físico", como producto de una acción traumática periférica, o como consecuencia de un estancamiento hipocondríaco narcisista que equivale a una sobreinvestidura, posee realidad y actualidad. El dolor "psíquico", como producto de la perdida de un objeto añorado cuya ausencia determina, por la carencia de satisfacción, una sobreinvestidura, también posee, por la carencia, realidad y por la sobreinvestidura, actualidad.
Ambos sucesos, por lo tanto, en cuanto constituyen procesos de descarga de sobreinvestiduras, poseen las características de la cantidad y también las de la cualidad de las distintas metas pulsionales. Por esta razón pudo decir Freud (1926d *, pág. 160) que " ... si un interés de otra índole provoca distracción [...] aún los dolores corporales más intensos no se producen". Y aclara: "no es lícito decir aquí: permanecen inconcientes".
Como vemos, el dolor corporal posee una característica que Freud (1915e *, pág. 174) atribuye a los afectos: en lo inconciente no permanece como actualidad, sino como una disposición potencial que sólo "se produce" durante la descarga. Pero, además, el dolor corporal no sólo depende, para "su producción", de la magnitud de sus investiduras, sino que, tal como ocurre con distintos afectos, puede impedirse mediante la substracción de las investiduras de atención, o el desplazamiento de los montantes de excitación sobre una clave de inervación, que determina un cambio en la cualidad de la descarga afectiva.
Tampoco parece injustificado atribuir, al dolor físico, otra de las características que la teoría psicoanalítica atribuye a los afectos. En tanto puede ser contemplado como el monumento conmemorativo, o la reminiscencia de un suceso filogenético que en su origen se adecuaba a un fin, podemos afirmar que el dolor corporal constituye una fantasía inconciente que se expresa mediante claves de inervación específicas.
Podemos pensar que el estado de necesidad añorante, que puede manifestarse como desamparo15, y que motiva, en opinión de Freud, la experiencia que se denomina "dolor psíquico", constituye además el fundamento de un grupo de afectos emparentados, todos ellos, con la nostalgia y el anhelo, tales como la ambición, los celos, la tristeza, la penuria, el sentimiento de condena y, también, la culpa y la vergüenza. Cada una de estas emociones, en tanto posee un nombre diferente, será también el producto de la investidura y la descarga de una clave distinta, que compartirá, con las claves de los sentimientos próximos, algunas inervaciones comunes.
Especialmente importante, en cuanto se refiere al dolor "psíquico", es el fenómeno del llanto, en el cual confluyen la efusión de lágrimas, los sollozos, y los gritos o lamentos. Los sollozos, los gritos, o los lamentos, pueden faltar en el llanto, ya que su característica principal reside en la efusión de lágrimas. El llanto, tal como lo demuestra la experiencia, integra distintos estados emotivos y puede adquirir formas distintas, pero se configura, en su origen, como un acto motor arcaico específicamente vinculado con el doloroso proceso de desinvestir recuerdos (Chiozza y col., 1970b, págs. 163-165).
Dumas (1933) afirma que el término lágrimas posee un sentido más extenso que el término llanto. La cebolla, señala Dumas, hace correr lágrimas y no llanto. El estudio etimológico de la palabra lágrima o su equivalente inglés tear nos conduce hacia el término griego dakru, cuyo significado es el mismo y cuyo origen es incierto. El estudio etimológico de la palabra llanto 16, o sus equivalentes cry17 y weep18, nos introduce definidamente, en cambio, en los aspectos melancólicos del llanto. El significado de llamada, o de imploración, al cual aluden los términos llorar19, cry y weep, unido al autorreproche implícito en el significado de golpearse, contenido en el término llanto y también en el vocablo afligirse evidencian los aspectos melancólicos y los sentimientos de culpa que forman parte del llanto (Chiozza y col. 1970b).
c. En torno de la alegría y de la risa
Hemos visto que la tristeza y otros sentimientos semejantes, en tanto implican la vivencia de la pérdida del objeto de una necesidad actual "añorante", forman parte del duelo, y, en la medida en que se acompañan de sentimientos de culpa, o de falta frente a un ideal, configuran una melancolía. La alegría, en cambio, supone un encuentro gratificante con el objeto bueno, tanto sea interno como externo, que se acompaña de una vivencia de plenitud, equivalente al sentimiento de que "nada falta". Se constituyen de este modo los parámetros que determinan el incremento del sentimiento de autoestima, el cual, como producto de la vivencia de haber cumplido con los mandatos del ideal, constituye el exacto inverso de la culpa20.
La palabra alegría significa "grato y vivo movimiento del ánimo" (Real Academia Española, 1950). Proviene de alegre, y éste del latín alecris, que significa "vivo, animado". Entre sus sinónimos están "dicha, felicidad, gozo, placer, risa, júbilo, exaltación, buen humor, entusiasmo, optimismo, regocijo y jovialidad" (Sainz de Robles, 1979).
Para Dumas (1933e) la alegría es el sentimiento de bienestar, de potencia, de ligereza, de goce interior y de satisfacción íntima. Sostiene que, durante su expresión, el corazón se acelera y aumenta la fuerza de sus latidos; los músculos de los brazos y de las piernas se sienten más móviles y poderosos, las extremidades están calientes, y todo el organismo se experimenta vigoroso y activo. El talle se realza, la cabeza se yergue y el andar es más fácil. Se eleva el umbral para el dolor y hay sensaciones agradables. La imaginación es rica, aumenta la comprensión; la memoria, la vida psíquica y orgánica son más activas. La respiración es más profunda, hay vasoconstricción cutánea activa e hipertensión; el rostro está colorido y se aceleran todas las funciones vitales, que dan la apariencia de rejuvenecimiento. Los ojos brillan y la mirada es "chispeante". Las bromas, los gritos, los cantos, las idas y venidas, los saltos, la actitud enhiesta y casi desafiante son, según Lange (Dumas, 1933e, ibídem), las características del hombre feliz.
Dumas (1933e, ibídem) distingue la alegría activa, que despierta un sentimiento de bienestar, de ligereza y de potencia, con la sensación de que el cuerpo entero participa de ese sentimiento, y la alegría pasiva, una alegría inerte que, en su forma aguda, los místicos denominan "arrobamiento". Está acompañada de cierto enlentecimiento físico y mental, el pulso está apenas acelerado, la presión arterial es baja y la respiración, superficial. Es una alegría que se acompaña de sensaciones de alivio, apaciguamiento y de un ligero aflojamiento de las funciones vitales, que faltan en la alegría activa. Se refleja en la sonrisa de los beatos, en el estado de éxtasis. Según Dumas las reacciones orgánicas de la alegría activa son exactamente opuestas a las de la tristeza pasiva. La alegría pasiva muestra que se puede estar alegre sin excitación aparente. El miedo y la cólera dan oportunidad de observaciones análogas.
Los músculos de la expresión facial se clasifican (Dumas, 1933e) en elevadores de los rasgos, propios de la alegría y la risa, y en depresores, característicos de la tristeza y el llanto.
Con respecto a la risa, Darwin (1872c, págs. 12-16) describe que cuando reímos a carcajadas, las mandíbulas se mueven con un temblor que las agita de arriba hacia abajo. El ruido de la risa es producido por una inspiración profunda, seguida de una contracción de tipo espasmódica de los músculos torácicos y del diafragma. Como consecuencia de ello la cabeza es agitada de un lado a otro. La boca está entreabierta y las comisuras de los labios son fuertemente echadas hacia atrás y arriba, y el labio superior se alza ligeramente.
Morris (1967, pág. 77) señala que es interesante observar lo mucho que se parecen el llanto y la risa, como hábitos de reacción, aunque ambos responden a estados de ánimo diferentes. La risa, como el llanto, requiere una tensión muscular: abrir la boca, distender los labios y respirar exageradamente, con intensas espiraciones. Cuando la risa es muy intensa aparece también el enrojecimiento del rostro y los ojos se humedecen. Las vocalizaciones son menos roncas, más agudas, más breves y se suceden con mayor rapidez.
Darwin (1872) y Morris (1967) escriben que la reacción de la risa podría ser una evolución de la del llanto, como una señal secundaria producida subsiguientemente. El llanto aparece en el momento de nacer, la sonrisa alrededor de las cinco semanas y la risa entre los tres y cuatro meses. La sonrisa y la risa coinciden con el desarrollo del reconocimiento de la madre (Morris, 1967, págs. 81-82).
Para Darwin (1872), Dumas (1933) y Morris (1967) la manifestación más típica de la alegría, es la sonrisa. En ella las comisuras de los labios se tiran hacia atrás y ligeramente hacia arriba y la boca se ensancha, o puede estar apenas deformada en una línea ondulada, permaneciendo los dientes ocultos (Darwin, 1872). Las mejillas se expanden y el rostro parece disminuir en el largo. Se marcan el surco nasogeniano y las patas de gallo. La nariz parece más prominente y se alarga hacia adelante y abajo, con surcos a ambos lados. Los párpados se entrecierran y ocultan la esclerótica. La frente se alisa, se agranda y parece despejarse, mientras que las cejas se arquean ligeramente y las orejas se inclinan hacia atrás.
Freud (1905c *, pág. 140n) plantea que la sonrisa21 aparece por primera vez en el lactante satisfecho y saciado cuando, adormecido, suelta el pecho. Sostiene que significa un "basta" o, más bien, un "ya es demasiado", y agrega que "acaso este sentido original de la saciedad placentera procuró a la sonrisa, que sin duda es el fenómeno básico de la risa, su posterior nexo con los procesos de descarga placenteros". Darwin (1872) afirma que los salvajes australianos expresan su satisfacción no sólo con una sonrisa, sino también con los gestos derivados del placer de comer, chasqueando los labios o con movimientos correspondientes a la deglución de un manjar sabroso.
Morris (1967, págs. 77-78) sostiene que en su relación con la madre el bebé puede encontrarse en un conflicto. Cuando la madre hace algo que lo asusta, le da dos señales opuestas. Una de ellas dice: "Soy tu madre, tu protectora personal; no tienes nada que temer". Y la otra: "Mira, aquí hay algo que da miedo". Dicho de otro modo: "Puede parecer que hay peligro, pero como este procede de mí, no tienes por qué tomarlo en serio". El resultado de esto es que el niño da una respuesta que es, en parte, reacción de llanto y en parte, murmullo de reconocimiento de la madre. Es como si el prolongado gemido del niño que llora se fraccionara, cortado en pequeños pedazos y, al mismo tiempo, se hiciera más grave y más suave. Esta combinación dice Morris (1967) produjo la risa.
La risa parece decir: "reconozco que el peligro no es real", por consiguiente se convierte en señal de juego, una señal susceptible de ser fomentada y desarrollada por la progresiva interacción entre el niño y sus progenitores. Si la risa produce excesivo espanto o dolor, la reacción derivará en llanto y provocará inmediatamente una respuesta protectora (Morris, 1967).
Darwin (1872c) plantea que una cosa incongruente o chocante, productora de sorpresa y un sentimiento más o menos marcado de superioridad hallándose por otra parte el espíritu en feliz disposición parece ser, en la mayoría de los casos, la causa provocadora de la risa. También señala que la imaginación es cosquilleada por una idea risible y que este cosquilleo mental presenta curiosas analogías con el cosquilleo físico.
Freud (1905c *, pág. 140) afirma que "la risa nace de un monto de energía psíquica antes empleado en la investidura de cierto camino psíquico (que) ha devenido inaplicable, de suerte que puede experimentar una libre descarga". En otras palabras, toda vez que el proceso psíquico primario juega con los elementos del preconciente, aparece a la conciencia como cómico y mueve a risa (Freud, 1900a *, pág. 594; 1915e *, pág. 184).
Consideramos22 que la risa nace de la angustia y de la posibilidad de tomar distancia frente a ella. Implica dar un paso atrás y mirar una escena de peligro como si uno no participara en ella en el carácter de actor. Cuando podemos cambiar la perspectiva, distanciándonos de la situación angustiosa, nos podemos reír. La risa es una manera de sobrellevar la angustia y requiere del ingenio creativo. Junto con el humor y con el juego, la risa es expresión del funcionamiento del proceso terciario23.
Freud (1927d *) diferencia lo cómico, y el chiste, del humor, que "nunca se desfoga en risa franca" (pág. 161). Es un placer menos intenso, pero "tiene algo de grandioso y de patético"[...] "El humor no es resignado, es opositor, no sólo significa el triunfo del yo [que no se deja vencer por las penurias y las afrentas que le ocasiona la realidad], sino también [la victoria] del principio del placer, capaz de afirmarse [...] a pesar de lo desfavorable de las circunstancias..." (págs. 158-159). "Mediante el humor el superyó quiere consolar al yo y ponerlo a salvo del sufrimiento" (Freud, 1927d *, pág. 162). La íntima vinculación del humor con la penuria surge claramente de los orígenes y los significados de las palabras "embromar" y "jorobar"24 .
En relación a los afectos emparentados con la alegría, encontramos que la palabra "jovialidad" deriva del latín jovialis, y este de jovis, y significa "perteneciente a Júpiter, planeta al cual los astrólogos atribuían un influjo benéfico a los que nacían bajo su signo (Corominas, 1961). Sinónimos de "jovial" son contento, ameno, animado, placentero, juguetón; y sus antónimos son desánimo, amargura y aburrimiento (Sáinz de Robles, 1979).
Según Dumas (1933e, pág. 451), los joviales están dotados de una potencia afectiva, intelectual y voluntaria más grande, su actividad permanece a flor de piel y se consume un poco desordenadamente. Debido a la excitación la alegría puede canalizarse mal y desbordar sin cesar. Ricos en afectividad trivial y en proyectos variables, los joviales, confiados en sí mismos, tienden a aproximarse al mundo y a las cosas, de los que se aleja el melancólico por razones inversas.
El término alborozo proviene del árabe burúz, que significa "salir con gran pompa a recibir a alguien", acción que se realizaba dando gritos de alegría, y de allí su significado actual (Corominas, 1961), que podemos vincular con las formas en las cuales la alegría se relaciona con la vivencia del reencuentro con el objeto añorado. Los términos "diversión" y "esparcimiento" hablan por sí mismos de un estado de alegría indisolublemente ligado a la falta, transitoria, de una vivencia de apremio. El que se divierte se esparce, o se distrae, porque logra sustraerse de la necesidad. El que se regocija, en cambio, así como el que se relame después de haber gustado un manjar, se complace en reiterar el goce.
La palabra éxtasis proviene del griego ekstasis, y este de existanai, que significa "descolocar, desplazar, dislocar", y también "trance" . Entre sus sinónimos se encuentran "elevación, endiosamiento, exaltación, transporte, arrobamiento, deleite". (The American Heritage Dictionary..., 1973; Sainz de Robles, 1979). Según describe Santa Teresa (Dumas, 1933e), durante el éxtasis, el cuerpo está como muerto, sin poder obrar de ninguna manera, se lo deja en la manera que se encuentra. Se acompaña de desinterés absoluto o de un sentimiento ilusorio de poder. El éxtasis se vincula con la "beatitud". La palabra "beato" significa "bienaventurado", y fue tomada del latín beatus, que significa "feliz" (Corominas, 1961).
La palabra "feliz" deriva del latín felix, que significa "que da fruto, fecundo, fértil" (Blánquez Fraile, 1960). Podemos pensar que el sentirse feliz está vinculado con la capacidad de producir, de realizar acciones creativas. La palabra inglesa equivalente, happy, proviene del inglés antiguo hap, que significa "oportunidad, buena suerte" (Skeat, 1882). En este caso la felicidad parece depender del destino favorable que, de acuerdo con Freud (1930a *, pág. 122), representa el amor de los padres.
La palabra "contento" fue tomada del latín contentus, que quiere decir "satisfecho", propiamente "contenido", participio pasivo del verbo continere, que significa "contener" (Skeat, 1882; Corominas, 1961). En un trabajo anterior (Chiozza y col., 1986a, pág. 97) considerábamos que, primariamente, el sentimiento de estar contento se vincula con la relación continente-contenido, es decir, con la capacidad de esperar, conteniendo la pulsión hasta que se presenten las condiciones ambientales favorables para lograr su satisfacción. Secundariamente, contento pasó a ser equivalente de satisfecho.
d. En torno del miedo y de la angustia
De acuerdo con Darwin (1872d, pág. 65) los signos físicos que acompañan al miedo, y a otras emociones emparentadas, están relacionados con un acto motor justificado como huida frente a un peligro. Desde hace innumerables generaciones el hombre trata de sustraerse de sus enemigos, o de huir de un peligro, por una fuga precipitada, o por una lucha a muerte. Tales acciones habrían llevado a un esfuerzo prolongado del organismo que habría producido una postración completa, palidez cutánea, transpiración y temblores de todos los músculos o su total relajamiento. Siempre que se experimente vivamente un sentimiento de espanto, aún cuando este sentimiento no deba provocar ningún esfuerzo, los mismos fenómenos tienden a emerger nuevamente, en virtud del poder de la herencia.
Darwin (1872d, pág. 49) sostiene que el hombre intensamente asustado suele quedar "inmóvil como una estatua, conteniendo su aliento, o bien se apelotona instintivamente, como temiendo ser visto". El corazón late con rapidez y violencia y otras veces cesa de controlarse y sobreviene el desfallecimiento. La respiración se acelera. La piel se torna pálida instantáneamente, como al principio de un síncope. Suele haber "sudor frío", debido a la vasoconstricción. Los pelos se erizan. El temblor se apodera de todos los músculos del cuerpo. El temblor y la sequedad de la boca alteran la voz, que se torna ronca o desaparece. Los ojos descubiertos y salientes se fijan en el objeto peligroso, o van, incesantemente, de un lado para otro. Las pupilas suelen estar muy dilatadas.
Cuando el miedo llega a una gran intensidad puede emitirse un grito de terror; todos los músculos del cuerpo se relajan, sobreviene rápidamente una postración completa, las facultades mentales quedan suspendidas, y los esfínteres dejan escapar sus contenidos.
Darwin (1872), Dumas (1933) y Morris (1967) coinciden en señalar que algunos de los signos físicos presentes en el miedo y en otros afectos emparentados, como el temor, el terror, el horror, el pavor, el pánico, el espanto, etc., son los siguientes:
1) Musculares: hipotonía. A veces parálisis. Temblor, estremecimiento (movimientos similares a los que provoca una extrema sensación de frío).
2) Cardiocirculatorios: taquicardia o bradicardia. A veces síncope.
3) Respiratorios: taquipnea. A veces cese más o menos prolongado de la respiración. Garganta seca.
4) Visuales: ojos abiertos, a veces salientes, que se fijan en el objeto que provoca temor o van incesantemente de un lado a otro. Midriasis.
5) Dérmicos: palidez. Sudoración fría. Erizamiento del cabello.
6) Esfinterianos: en los casos de miedo extremo, relajamiento del esfínter anal y vesical.
Varios autores han vinculado el miedo con el hipotiroidismo y el hipertiroidismo especialmente la enfermedad de Basedow (Dumas, 1933 f, pág. 223; Rascovsky, 1947; Ey, Bernard y Brisset, 1965; Busch, Corniglio, Obstfeld y Pinto, 199125) y con el aumento de secreción de las glándulas suprarrenales (Dumas, 1933; Selye, 1960). El aumento de la secreción suprarrenal interviene en la reacción de alarma, que constituye una preparación defensiva del organismo frente a la amenaza o existencia de un peligro (Selye, 1960). El término "alarma" deriva de "arma" y viene de "¡al arma!", "aviso o señal que se da en un ejército o plaza para que se prepare inmediatamente a la defensa o el combate". Figurativamente significa "inquietud, susto o sobresalto causado por algún riesgo o mal que repentinamente amenace" (Real Academia Española, 1950) .
El miedo y la cólera presentan signos físicos semejantes, en tanto ambos derivan de la misma tendencia básica odio-rechazo-antipatía. En el acto de huida, y en el de ataque, algunos de estos signos son: el aumento del metabolismo glúcido y de las frecuencias cardíaca y respiratoria, que aportan la energía necesaria para la acción muscular.
Dumas (1933g) distingue dos formas del miedo: a) el miedo activo, en el que predominan los fenómenos de hipertonía y excitación y b) el miedo pasivo, que se caracteriza por fenómenos de hipotonía e inhibición. El miedo activo podría corresponder a la posibilidad de realizar actos eficaces de huida o de defensa, mientras que los signos físicos del miedo pasivo estarían vinculados con la sumisión y la entrega.
El tono muscular, que es un estado de semicontracción permanente, se presta adecuadamente para simbolizar la disposición a la lucha por la vida (Canteros y col., 1980). La hipertonía del miedo representaría un estado de alerta constante (Salzman26), de estar en guardia frente a la inminencia de emprender una acción de defensa o retirada. Cuando la hipertonía adquiere un carácter extremo se transforma en parálisis rígida. El sujeto se siente impedido de realizar acciones de defensa o de huida y queda "inmóvil como una estatua".
De acuerdo con Morris (1967) el temblor muscular responde a acciones y actitudes contradictorias o ambivalentes entre los impulsos de ataque y los de huida. Cuando el afán de atacar apremia, surge como contraste el impulso de huir, dando lugar a un estado de agitación general. El gradiente del temblor va desde el estremecimiento, el sobresalto y el escalofrío, hasta la convulsión o la parálisis como situaciones extremas. En relación al estremecimiento, Darwin (1872a, pág. 22) señala que posiblemente haya tenido por origen la costumbre de saltar rápidamente hacia atrás para evitar el peligro, costumbre que suele ser precedida por un corto momento de vacilación.
La hipotonía en el miedo puede llevar, en su forma más extrema, a la parálisis fláccida, cuya manifestación es el "desplomarse". Preyer en 1878 (Dumas, 1933g, pág. 463) denominó cataplexia al estado extremo del miedo en el cual el hombre es incapaz de moverse, pensar y hablar.
Cuando la posibilidad de defenderse resulta insostenible o la ruta de escape se encuentra obstruida, Morris (1967, págs. 102-103) sostiene que el animal realiza ciertos actos de sumisión característicos para apaciguar al atacante y debilitar su agresión, acelerando, de este modo, el final de la situación peligrosa. Para ello pone fin a las señales que han provocado la agresión, con el propósito de calmar al animal dominante, o bien las cambia por otras que contribuyen activamente a modificar el estado de ánimo del enemigo. La forma más clara de sumisión recorre una gama que va, desde una actitud de agacharse o encogerse, hasta la inactividad total y el desplomarse, que culmina con el síncope, cuyo significado aplacatorio es el de "hacerse el muerto".
La piloerección sirve para dar al animal una apariencia más imponente que intimide al enemigo. Algunos anfibios y reptiles, que no poseen pelos ni espinas, aumentan de volumen, inspirando aire, determinadas zonas de su cuerpo . El erizamiento de los pelos también permite mantener constante la temperatura corporal de los animales, mediante la pérdida de calor en los climas cálidos, y formar un reservorio aéreo, aislante, en los climas fríos. La horripilación es un componente somático compartido por la cólera y el miedo (Darwin, 1872e, pág. 21; Dumas, 1933h, págs. 272-273). Pensamos que la acción de erizar los pelos permite al animal disfrazar, con la cólera, su miedo y, aunque sea momentáneamente, engañar al adversario.
El hecho de que se utilice la palabra horripilar para designar al signo físico y también a la emoción , indica que existe, entre ambos, una comunidad de sentido. Las expresiones lingüísticas "poner los pelos de punta", y "poner la piel de gallina", aluden al miedo mediante una referencia a la piloerección (Real Academia Española, 1950).
En el hombre, la disminución del vello corporal permite visualizar los efectos del miedo de acuerdo al color de la piel. La palidez, o el rubor, resultan más evidentes en la cara, que es la parte del cuerpo privilegiada para el gesto y la expresión. La palidez del miedo corresponde a la vasoconstricción cutánea, producto de la necesidad, común al miedo y a la cólera "blanca", de derivar el mayor aporte sanguíneo a los músculos. Weisz (1969) y Baldino (1978) se refieren a algunos crustáceos y reptiles que recurren a la sección de un miembro como recurso defensivo, y destacan la escasa pérdida de sangre en la parte afectada. Es probable que la disminución del caudal sanguíneo de la piel esté vinculado, también, con la necesidad de reducir las hemorragias por las heridas que podría infligir el
enemigo.
Para Darwin (1872d, págs. 46-50) el miedo agudiza los sentidos. Cesa la respiración por un instante, o se respira suavemente, abriendo la boca, para prestar oído atento a cualquier sonido que pueda llegar. La elevación de las cejas permite mirar hacia lo alto, abrir los ojos, a fin de aumentar el campo visual y dirigir fácilmente la mirada en cualquier dirección, para detectar las características del objeto amenazante. La exoftalmia tendría que ver con la acción de "adelantar" los ojos, como expresión del intento de estar extremadamente atento para poder distinguir las señales de peligro.
Sabemos que la oscuridad simboliza lo desconocido y, en este sentido, la midriasis, característica de la visión nocturna, representaría la necesidad de percibir un objeto que se presenta "oscuro", "poco claro", del cual no se tienen noticias y conocimiento suficientes.
Darwin (1872e, pág. 9) sostiene que los animales que viven en sociedad se llaman con frecuencia unos a otros cuando están separados. En un gran número de especies este llamado es continuo durante la época de celo. Considera que la necesidad de llamada parece haber sido el uso primitivo de la voz, y el origen de su desarrollo. Varios animales, cuando están furiosos, emiten sonidos fuertes y roncos, seguramente para dar miedo a sus adversarios. El grito de miedo parecería tener un significado doble: como llamada de auxilio, y como intento de ahuyentar al enemigo.
El sudor, tiene la función de limpiar, lubricar y proteger la piel de los
cambios de temperatura enfriándola al evaporarse. Estas funciones parecen representar, como otros exudados del cuerpo, un intento de protección similar a la que recibe el feto en el contacto con el líquido amniótico (Chiozza y col., 1970b). El sudor también contiene feromonas, que participan en la atracción sexual. Morris (1967, pág. 100) sostiene que cuando las sustancias odoríferas se incrementan, el olor intenso y desagradable tendría la finalidad de ahuyentar al oponente. Garma (1961) plantea que el rechazo hacia los olores corporales, como por ejemplo el sudor, es una formación reactiva frente a la atracción que ejercían en la infancia.
De acuerdo con Morris (1967, pág. 99) el olor de la materia fecal y de la orina llegó a constituir, para muchas especies de mamíferos, un importante sistema de señales de marcación territorial. Durante la acción de lucha los esfínteres suelen mantenerse contraídos y, frente a la derrota, pueden relajarse. Parece posible pensar que la incontinencia tendría el significado de "aligerar la carga" para facilitar la huida y emitir una señal de entrega que permita aplacar al oponente. Representaría también el intento de marcar un territorio propio que lo proteja, en el que el atacante no pueda ingresar. Las expresiones del lenguaje cotidiano cagazo, cagón, estar cagado, cagarse de miedo o, como formación reactiva, estar fruncido, aluden a la comunidad de sentido entre la incontinencia de esfínteres y el miedo.
Aunque los términos miedo, temor, susto, horror, terror, pánico , espanto, etc., suelen ser usados a veces indistintamente o referirse a intensidades mayores o menores de un mismo patrón afectivo, encontramos algunos matices cualitativamente diferentes en su significación.
Freud (1926d *, pág. 154) diferencia entre la angustia y el miedo. Sostiene que "la angustia tiene un inequívoco vínculo con la expectativa; es angustia ante algo. Lleva adherido un carácter de indeterminación y ausencia de objeto; y hasta el uso lingüístico correcto le cambia el nombre cuando ha hallado un objeto, sustituyéndolo por el de miedo".
The American Heritage Dictionary... (1973) refiere que la palabra inglesa fear, equivalente al castellano miedo, es el nombre más general. Miedo deriva del latín metus, y significa "perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o mal que realmente amenaza o que se finge en la imaginación" (Corominas, 1961; Real Academia Española, 1950). Fear, proviene de los términos que responden a las nociones de instantaneidad, de peligro particularmente referido a los viajes y de daño (Darwin, 1872; Skeat, 1882). Deriva del radical germánico fer, que a su vez proviene de per, presente en las palabras peligro (de periculum), experiencia, experto, y perito (Skeat, 1882; The American Heritage Dictionary..., 1973). Este radical compartido connota un significado común que conduce a Ortega y Gasset (1934) a afirmar que el hombre de experiencia es el que ha pasado peligros.
Entre las vivencias vecinas a la angustia y el horror, Freud (1919h) distingue al sentimiento ominoso, o sentimiento de lo ominoso. Sostiene que "lo ominoso, [o siniestro unheimlich] es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido desde antiguo, a lo familiar desde hace largo tiempo" (pág. 220) y que, "estando destinado a permanecer en secreto, en lo oculto, ha salido a la luz" (pág. 225). Es "lo familiar, entrañable, que ha experimentado una represión y retorna desde ella" (pág. 245). Lo siniestro es, pues, lo entrañable, familiar, que se ha extrañado27 (Chiozza, 1986a, pág. 130), vivenciándolo como no familiar. Entre los contenidos más ominosos encontramos los que corresponden a las fantasías prenatales, de las cuales nos separa la intensa represión que constituye una "cisura" durante el nacimiento.
La palabra temor proviene del latín timere y éste del griego deima, que quiere decir "temer, tener miedo, tener inquietud por" (Blánquez Fraile, 1960). Las palabras temer y tímido provienen de la raíz latina tim. El tímido es un "temeroso", un sujeto "medroso, encogido y corto de ánimo", un "pusilánime". (Real Academia Española, 1950). En castellano los adjetivos "temeroso" y "temerario", que tienen un significado opuesto, comienzan, ambos, con temer. Sin embargo, temor proviene del latín timere y, temerario, de temere, que significa "al azar, a la aventura, a la ligera, irreflexivamente". La literatura antigua diferencia al audaz del temerario. El primero, conociendo y evaluando el peligro, se atreve a enfrentarlo, el segundo no estima, o no tiene el cuenta el peligro, y actúa imprudentemente (Corominas, 1961).
La palabra susto quiere decir "miedo repentino por temor al daño que puede recibirse" (Moliner, 1986). El verbo asustar proviene del latín suscitare, que equivale a "elevar, levantar, alzar" (Blánquez Fraile, 1960) y significa "intimidar mediante gritos y exhibición de la propia fuerza para que el rival, preso de la impresión repentina, no se atreva a hablar o moverse". Si bien este miedo es momentáneo, puede provocar un alarido, un brinco, poner "la piel de gallina" o "los pelos de punta", hacer temblar o defecar (Moliner, 1986).
Podemos pensar que el que asusta utiliza el factor sorpresa, y realiza una exhibición de fuerza, para dominar al otro, proyectando su propio temor para invertir la situación. El susto parece corresponder a situaciones que no resultan demasiado traumáticas y "permite" hacer experiencia. Freud (1890a *, pág 119) sostiene, por ejemplo, que un susto puede tener efectos curativos.
La palabra pánico significa "miedo grande" y deriva del griego panikon, "terror causado por Pan" (Moliner, 1986). El dios Pan era, en la mitología griega, una divinidad silvestre, representada por una figura, mitad hombre y mitad macho cabrío, que se ocultaba en los bosques y en las proximidades de las fuentes, y a quien se atribuían los ruidos que retumbaban en montes y valles y también el perseguir a las mujeres y el dispersar a la gente (Bartra, 1982).
Freud (1920c *) aclara que "es propio de la naturaleza del pánico no guardar relación con el peligro que amenaza, y estallar muchas veces a raíz de las ocasiones más nimias. Cuando los individuos, dominados por el pánico se ponen a cuidar de ellos solos, atestiguan comprender que han cesado las ligazones afectivas que hasta entonces les rebajaban el peligro. Ahora que lo enfrentan solos, lo aprecian en más" (pág. 92). Freud agrega que "no es lícito esperar que el uso de la palabra 'pánico' esté fijado de manera precisa y unívoca"; muchas veces se utiliza para designar el miedo de un individuo que rebasa toda medida. Si le damos al pánico la acepción de "angustia de masas", la angustia en un individuo sería provocada por la descomposición de las ligazones afectivas que lo hacían sentir protegido.
La palabra horror, como señalamos antes, proviene del latín horrere, que quiere decir "erizarse, temblar" (Corominas, 1961) significa "impresión producida a una persona por algo terrible, catastrófico, sangriento o cruel, ordinariamente acompañado de estremecimiento y temor, que a veces paraliza y provoca erizamiento del cabello (Real Academia Española, 1950; Moliner, 1989).
En inglés la palabra horror alude a "la combinación de miedo y aversión o repugnancia" (The American Heritage Dictionary..., 1973). El término castellano aborrecer deriva también del latín horrere y significa "tener aversión o repugnancia por algo o por alguien" (Real Academia Española, 1950). Si consideramos que el horror al incesto puede ser interpretado como consecuencia de una insuficiencia del yo para descargar una excitación excesiva (Chiozza, 1970i), y tenemos en cuenta que el hígado se arroga la re-presentación de los procesos mediante los cuales se asimilan los estímulos ideales, podemos pensar que las fantasías inconcientes que denominamos hepatoglandulares (Chiozza, 1970h, págs. 185-190) deben formar parte de la clave de inervación del horror. De la palabra "aborrecer" deriva, además, "aburrimiento", denunciando que, en el trasfondo de ese estado afectivo se oculta una vivencia de horror que estudiamos (Chiozza, 1970h) en relación con el asco, el letargo y las fantasías hepatoglandulares, como derivado de una sobreexcitación encubierta que no encuentra su descarga.
La angustia es el afecto que Freud estudió de un modo más completo28. En sus trabajos sobre las neurosis actuales (Freud, 1895b*, págs. 108-110) enuncia su primera hipótesis: la excitación sexual acumulada busca la vía de salida mudándose en angustia. Años más tarde, en Inhibición, síntoma y angustia (1926d *) plantea una nueva teoría. Distingue entre la angustia como reacción directa y automática frente a un trauma, y la angustia como señal de peligro que anuncia la inminencia de ese trauma. En estos nuevos desarrollos sostiene que la angustia promueve la represión.
Describe la angustia como un estado afectivo acompañado de sensaciones corporales displacenteras que se refieren a la inervación de órganos determinados, "las más frecuentes y nítidas son las que sobrevienen en los órganos de la respiración y en el corazón" (1926d *, pág. 125)29.
A partir de la concepción darwiniana (Darwin, 1872) acerca de la expresión de las emociones como "operaciones provistas de sentido", considera que "es probable que en el curso del nacimiento la inervación dirigida a los órganos de la respiración preparara la actividad de los pulmones, y la aceleración del ritmo cardíaco previniera el envenenamiento de la sangre. Desde luego, este acuerdo a fines falta en la posterior reproducción del estado de angustia en calidad de afecto..." (Freud, 1926d *, pág. 127)30. Afirma entonces que "el acto del nacimiento es [...] la primera vivencia de angustia y, en consecuencia, la fuente y el modelo" de ese afecto (Freud, 1900a *, pág. 403n).
El hecho de que las palabras angustia y angostamiento deriven de la misma raíz latina angor (Freud, 1916-17*, pág. 361; Corominas, 1961), de la cual deriva también el término congoja, muestra que la palabra angustia no ha sido elegida al azar para denominar a ese estado afectivo. Freud (1916-17*, pág. 361) señala que ese vocablo "destaca el rasgo de la falta de aliento que, en ese momento (pasaje por el angosto canal del parto) fue consecuencia de la situación real y hoy se reproduce casi regularmente en el afecto".
Rank (1924) va mucho más allá de la idea de Freud, en cuanto a la vivencia que "ensambla" los componentes de la clave de inervación de la angustia. Sostiene que todos los posteriores ataques de angustia son intentos de descargar por abreacción el trauma del nacimiento, que pasa a constituir el núcleo de todas las neurosis. Destrona así al complejo de Edipo y propone que el tratamiento tenga como meta la superación de ese trauma.
Es posible que el alcance que Rank otorgara a sus concepciones haya llevado a (1926d *) a volver, reactivamente, en algunos pasajes de su obra, a un punto de vista puramente económico: existe angustia sin el arquetipo del nacimiento, y la situación de peligro se caracteriza por una vivencia de desvalimiento del yo frente a una acumulación de excitación de origen externo o interno (situación traumática), que el sujeto no puede tramitar. Sin embargo, años más tarde, vuelve a rescatar su indagación por el significado y reafirma que el nacimiento (es) nuestro arquetipo del estado de angustia (Freud, 1933a *, pág. 87).
Freud vincula la angustia con una situación de peligro que tiene una cualidad particular: implica un cambio brusco de medio, el pasaje de la vida intrauterina a la vida postnatal. La angustia es un estado afectivo que se arroga la representación de "una estructura compleja de ideas inconcientes, ligada a un conjunto de vivencias prototípicas de atolladero estrecho y anoxia, arcaicas y heredadas, que se renuevan una y otra vez en el instante magno de cada nacimiento a la vida extrauterina" (Chiozza y colab., 1983b, págs. 296-297). Este significado histórico sólo puede darse en una situación presente. El desarrollo de angustia correspondería a un peligro actual, que el sujeto experimenta como un cambio difícil de atravesar: le es imposible volver atrás porque siente que no puede "sobrevivir", y tampoco puede avanzar porque no tiene la seguridad de encontrar una "salida".
Pensamos que el nacimiento a través del canal del parto, propio de los mamíferos a los cuales el hombre pertenece, constituiría, a su vez, una reproducción de un suceso más antiguo: el cambio que significó pasar de la vida en el medio ambiente acuático al terrestre y aéreo. Weisz (1969) sostiene que en el desarrollo filogenético hubo un momento en que los peces de aletas lobuladas, propios del período Devónico (325 a 280 millones de años) y antecesores de los primitivos anfibios, comenzaron a utilizar sus aletas como patas andadoras. Estos peces probablemente vivieron en aguas dulces que se secaban periódicamente y sus aletas les facilitaron el arrastrarse sobre la tierra, en la que debían sobrevivir hasta encontrar otras charcas de agua. Ferenczi (1914) se basa en consideraciones similares para apoyar su idea de la fantasía de regresión intrauterina como retorno al "antiguo" mar, del cual surgieron la primeras formas vivas.
Freud no sólo señala que la angustia es un estado afectivo, también describe (Freud, 1895b *, 1916-17*) al ataque de angustia, y sostiene que el afecto "puede faltar o hacerse borroso" y estar subrogado por un único síntoma, intensamente desarrollado: palpitaciones, disnea, temblores y estremecimientos, oleadas de sudor, hambre insaciable, mareo, vértigo, diarreas, parestesias, etc. Considera a estos estados como "equivalentes de la angustia", que pueden equipararse con ella tanto en los aspectos clínicos como etiológicos. Si bien Freud (1950a *, pág. 234) describe, como equivalentes del ataque de angustia, múltiples manifestaciones somáticas, cuando se refiere al afecto angustia, destaca que los componentes más nítidos, (diríamos "específicos") de su clave de inervación, corresponden al aparato respiratorio y cardiovascular.
Su idea de que la angustia como estado afectivo puede "faltar o hacerse borrosa" en la conciencia y aparecer, en su lugar, un desarrollo equivalente de aquellas inervaciones corporales que forman parte de su figura típica (clave de inervación), coincide con la interpretación que con respecto a la deformación patosomática de los afectos realizamos en otro lugar (Chiozza, 1975b). No solamente la angustia, sino cualquier afecto, puede quedar reprimido como tal y dar lugar a síntomas particulares que adquieran la categoría de un desarrollo equivalente.
Fleming (en Chiozza y col., 1983b, pág. 297) destaca la similitud entre los procesos que engendran la angina de pecho y los que producen la angustia, y afirma que la angustia podría constituir una angina de pecho leve. Los términos angina y angustia derivan de una misma raíz etimológica (Corominas, 1961), aunque el primero sólo se utiliza para denominar un fenómeno que se categoriza como somático y el segundo para designar un fenómeno que se interpreta como psíquico. Teniendo en cuenta esos conceptos, consideramos (Chiozza y col, 1983b, págs. 297-298) que tal vez la llamada estenocardia podría formar "una parte esencial de la genuina y primaria clave de inervación" de la angustia. La estrechez "central" que caracteriza a este síntoma estaría vinculada con un tipo particular de estenosis cardíaca. Durante los accesos anginosos, la angustia no funcionaría como una señal leve, sino bajo la forma de "angustia catastrófica", y quedaría especialmente relacionada con el componente espasmódico (disminución de la oferta de oxígeno), que aportaría al cuadro de la cardiopatía isquémica su significado dramático de estrangulamiento y agonía (pág. 298).
e. En torno de la cólera
Darwin (1872f) considera que la significación de las expresiones somáticas características de la "cólera", el "enojo", el "furor", la "rabia", el "odio", la "indignación", etc., se comprenden por su vinculación con un acto motor justificado como preparación para el ataque, y la lucha, contra un enemigo. A diferencia de Dumas (1933), Darwin (1872) no establece un afecto principal; describe un conjunto de emociones, de ese grupo, que comparten ciertos modos de expresión. Estos autores, junto con Lorenz (1965) y Morris (1967), coinciden en señalar que algunos de los signos físicos compartidos son:
1) Musculares: hipertonía; aumento de la fuerza y de la contractura muscular (boca apretada, cejas contraídas, los dientes se aprietan o rechinan, postura erguida, brazos rígidos extendidos a lo largo del cuerpo o con los codos doblados, puños apretados, gestos de pegar o empujar que pueden volverse desordenados y frenéticos).
2) Cardiocirculatorios: taquicardia, hipertensión y vasodilatación o vasoconstricción periférica.
3) Respiratorios: taquipnea, disnea.
4) Visuales: aumento del brillo de la mirada, midriasis y ojos inyectados.
5) Dérmicos: rubor o palidez.
Una de las funciones del sistema simpático es la de preparar al organismo para la actividad intensa. Según Morris (1967, págs. 97-99) este sistema parece decir: "estás listo para la acción; ponte en marcha". Cuando se dispone para la lucha, la sangre recibe adrenalina y todo el sistema circulatorio se ve profundamente afectado. El corazón late más de prisa y la sangre es vigorosamente impulsada a los sitios donde es más necesaria: al cerebro, para activar el pensamiento y a los músculos, para posibilitar la acción violenta. La vasoconstricción y la aceleración de los procesos de coagulación permiten que, si se produce una herida, la pérdida de sangre sea menor.
Hay un aumento masivo de la actividad respiratoria. La respiración se hace más rápida y profunda. La taquipnea (que puede acompañarse de disnea), junto con la mayor producción de glóbulos rojos, en combinación con la aceleración de la corriente sanguínea, ayuda a aumentar la absorción del oxígeno necesario para el trabajo muscular y a eliminar el anhídrido carbónico.
Además, se interrumpe el proceso de la digestión y de almacenamiento de alimentos. Cesan los movimientos del estómago, la secreción de los jugos gástri cos y los movimientos peristálticos del intestino. El recto y la vejiga no se vacían con la misma facilidad que en condiciones normales. Los hidratos de carbono almacenados son expulsados del hígado y llenan la sangre de azúcar. El incremento de la glucemia aumenta la eficacia muscular. Se elimina instantáneamente la fatiga y se suministran grandes cantidades de energía para la lucha prevista.
Se activan los mecanismos de regulación de la temperatura. Los pelos se erizan y el sudor mana copiosamente. Darwin (1872) y Morris (1967) señalan que, en los animales, el erizamiento de los pelos aumenta su tamaño corporal, como parte de la actitud amenazadora destinada a espantar al enemigo. Además, el erizamiento de los pelos pone la piel al aire y, junto con el sudor segregado por las glándulas sudoríparas, contribuye a refrescar el cuerpo. De este modo se reducen los peligros de un calentamiento desmedido debido al exceso de actividad.
En el caso del hombre, la desnudez de su piel permite emitir elocuentes señales mediante los signos de la palidez y el rubor. Podemos ponernos "blancos de furia" o "rojos de ira".
Para Morris (1967) el color blanco o pálido equivale a la plena actividad del sistema simpático. Si esta coloración de la piel se combina con acciones indicadoras de ataque, es una señal de peligro vital. En cambio, si se combina con acciones indicadoras de miedo, es una señal de pánico. El enrojecimiento es menos alarmante: es producto de los intentos compensadores del parasimpático, e indica que el sistema de la "puesta en marcha" empieza a ser socavado. Es menos probable que ataque el rival iracundo y de rostro congestionado que el de cara pálida y de labios apretados. El conflicto que afecta al agresor de cara encendida, lo entorpece y lo inhibe; por el contrario, el de rostro pálido está presto para entrar en acción. Darwin (1872f, pág. 57), Dumas (1933i, pág. 478) y Morris (1967, pág. 104) distinguen entre la cólera blanca y la cólera roja. La primera suele ser más peligrosa, la agresión es más violenta y salvaje cuando se desencadena, y no presenta el carácter de desorden y ataxia que compromete a la segunda.
Los gestos corporales y las expresiones faciales que acompañan a todas estas manifestaciones suelen tener un carácter amenazador: los brazos se agitan, se cierran los puños indicando pelea, la cara se proyecta hacia adelante, las cejas se fruncen y los labios forman una raya apretada y enérgica; los ojos brillan y la pupila se dilata.
Morris (1967, pág. 107) señala que la mirada directa es típica de la agresión más osada y acompaña a las actitudes beligerantes. En los felinos y las víboras la fijeza de la mirada, y el brillo de los ojos, producto del reflejo de la retina sobre la córnea (Salvat, 1979), contribuyen a paralizar a la presa. Podemos pensar que la midriasis, característica de los animales de hábitos de caza nocturna, estaría al servicio de aumentar la agudeza y el campo visual para detectar con precisión las actitudes del oponente.
No hemos encontrado en el estudio de los signos físicos que integran la clave de inervación de este grupo de emociones, elementos significativos que permitan establecer distinciones entre la cólera, el furor, la ira, la rabia, el enojo, etc. Darwin (1872), por ejemplo, asimila el furor a la cólera y ésta a la indignación y, del mismo modo que Dumas (1933), sostiene que las diferencias consisten en una cuestión de grado.
Tanto en el uso cotidiano del lenguaje como en las acepciones de los diccionarios de la lengua castellana, las palabras que nominan esos afectos suelen ser consideradas como sinónimos o equivalentes. Lo mismo ocurre con los términos ingleses wrath, fury, ire, rage, anger. Sin embargo, en el estudio de la etimología encontramos una vía de acceso que nos introduce en los distintos matices de su significación y en algunos de sus signos físicos específicos.
La palabra cólera, y sus equivalentes en francés, inglés e italiano, se utiliza para designar tanto al enojo como a la bilis. Fue tomada del latín cholera, de idéntica significación, que procede del griego kholé, que significa "bilis, hiel". Antiguamente se suponía que el enojo era debido a un exceso de bilis. De la palabra cólera deriva el término encolerizarse. La nominación de la enfermedad cólera aparece más tarde, en 1843 (Skeat, 1882; Corominas, 1961). Si tenemos en cuenta que el envidiar puede ser considerado como un proceso equivalente al "ataque biliar, digestivo" sobre un objeto con el fin de incorporarlo, un ataque en cierto modo semejante a la acción que realiza el veneno de los ofidios y los arácnidos sobre su presa (Chiozza, 1970h, pág. 200), parece posible pensar que la cólera integre, en su particular figura, un componente hepatobiliar, que se adjudica la representación de una de las formas del ataque eficaz: la destrucción digestiva.
La palabra enojo proviene del latín inodium, inodiare, que significa "inspirar asco u horror" y es un compuesto de odium (odio). Tanto en su raíz etimológica latina como en castellano antiguo, en italiano y en francés, enojo quiere decir "aburrir, cansar, causar asco o disgusto". En la literatura española se suele usar la palabra enfado como sinónimo de enojo (Corominas, 1961). Enfadarse significa "desalentarse, cesar de hacer algo, deponer la lucha ante un fado (hado, destino) desfavorable" (Corominas, 1961). De acuerdo con su sentido etimológico, el enojo y el enfado se vinculan primariamente con el abandonar fácilmente la pelea, o el esfuerzo, ante la adversidad, más que con una disposición activa al ataque. Su parentesco con el aburrimiento, el cansancio y el asco parece aludir a un componente hepatoglandular. El que está enojado o enfadado se sentiría débil e incapaz de llevar a cabo una acción de lucha eficaz.
La palabra inglesa anger (enojo) contiene el radical ang , presente también en la palabra latina angor, que quiere decir "angustia" y "angosto" (The American Heritage Dictionary..., 1973). Tal como lo hemos planteado en otro lugar (Chiozza y col., 1983b) y en el comienzo del capítulo VIII de este libro, los distintos pueblos experimentan los afectos que emanan de una misma "clave", con matices distintos, que se revelan en el estudio etimológico de las palabras que los designan.
El término rabia deriva del latín rabies y quiere decir "furia, cólera, enojo", y también "hidrofobia (rabia del perro)" (Corominas, 1961). El doble significado de la palabra rabia, que designa tanto al afecto como a la enfermedad canina algunos de cuyos signos característicos son los aullidos, el apretar los dientes y el impulso a morder parece indicar que en este afecto interviene un componente oral, vinculado con la acción de morder y la emisión de gritos.
Las palabras furia y furor provienen del latín furia, que significa "delirio furioso, violencia" (Corominas, 1961). Suele aplicarse, junto con la "ira", a la violencia o alteración de los elementos.
En la mitología romana las Furias (Erinias o Euménides en griego) eran diosas de la venganza, divinidades infernales encargadas de ejecutar los castigos impuestos por los dioses a los hombres. Defensoras del orden del mundo, castigaban todo tipo de excesos y se ocupaban de vengar los crímenes, especialmente los que atentaban contra la familia. Salían de los infiernos por conjuro del ofendido o por maldición del ofensor, y se las representaba con figuras de mujeres negras y aladas, con serpientes enroscadas en sus cabezas, y llevando en la mano antorchas y látigos que hacían enloquecer a los flagelados (Pérez Rioja, 1962). El sentimiento de furia, que se vincula con la locura y la divinidad, parece aludir a un estado de descontrol (el loco "furioso" y el "furor" epiléptico) y a la vivencia de estar "poseído" por poderes divino-demoníacos que superan la capacidad del sujeto y lo manejan a su antojo.
La palabra ira proviene del latín ira, de idéntico significado y de etimología incierta. Los autores consultados (Meillet y Ernout, 1959; Partridge, 1961) coinciden en señalar, en sus orígenes, el significado de deseo o pasión violenta, posiblemente vinculado al griego oistros, latinizado como oestrus, de los cuales deriva también el radical estro, que forma parte de palabras tales como "estrógeno".
La teología considera a la ira como uno de los siete pecados capitales y la define como "apetito desordenado de venganza". Según Santo Tomás la ira puede ser pecado de dos maneras. Primero, por parte del objeto de la venganza, cuando se procura una venganza injusta, mayor que la que requeriría el hecho o acto que se trata de vengar y, segundo, por parte del movimiento de ira como, por ejemplo en el exceso de las palabras, en la vehemencia del acto, etc. Sin embargo, cuando la ira no excede el modo prescrito por la razón, deja de ser mala y es hasta obligatoria, como en el caso de Jesucristo que, armado de azotes, arroja del templo a los comerciantes (Montaner y Simón, 1912).
Desde la teología, la literatura y la mitología, la "cólera", la "furia" y la "ira" son emociones que suelen atribuirse a figuras poderosas o ideales, habitualmente divinidades o sus representantes (la cólera de los dioses, la furia del viento, la ira del señor con su vasallo, etc.). Son afectos que tienen el carácter de un castigo proveniente de una figura fuerte y poderosa a alguien considerado inferior, que desobedece o desconoce su poder, posición o jerarquía. Freud (1914b *, págs. 237-238) interpreta que el imponente volumen y el vigor de la musculatura en la estatua del Moisés de Miguel Ángel, expresan el esfuerzo del patriarca por dominar su cólera frente a los réprobos.
La cólera, la furia y la ira pueden corresponder también a un momento maníaco, en el que el sujeto traslada su sentimiento de identidad al
ideal y, desde esta identificación, se siente desconocido o atacado. El enojo y la rabia, en cambio, suelen atribuirse a figuras débiles o sometidas, que sienten inviable la posibilidad de lucha o ataque contra aquellos que detentan el poder u ocupan una posición jerárquica considerada superior.
El lenguaje nomina otros afectos que, de acuerdo con la investigación etimológica, estimamos vinculados con el conjunto de emociones señaladas por Darwin (1872) y Dumas (1933), que hemos descripto hasta aquí.
La palabra rencor significa "resentimiento arraigado y tenaz" (Real Academia Española, 1950). Deriva del latín rancidus, que significa "rancio, que huele mal por añejo" (Blánquez Fraile, 1960). El rencor es una "ira inveterada" (Montaner y Simón, 1912), es decir, arraigada, añeja y enraizada. Sería un resentimiento, un encono (Sainz de Robles, 1979), que se ha conservado vivo y se ha reconcentrado a lo largo del tiempo.
La palabra encono significa "rencor arraigado en el ánimo" (Montaner y Simón, 1912) y proviene de enconar, que quiere decir "inflamar una llaga", "irritar el ánimo" y, en la Edad Media, "manchar", "contaminar", "infectar". Probablemente deriva del latín inquinare, equivalente de "manchar", "mancillar", "corromper" (Corominas, 1961), proveniente a su vez de in y quino, que quiere decir "ensuciarse" (Blánquez Fraile, 1960). El encono sería entonces una inquina, un rencor arraigado "infectado, pútrido, pestilente".
La palabra resentimiento deriva de re (partícula que indica movimiento hacia atrás, retorno a un estado anterior, repetición), y de sentimiento, que proviene del latín sentio, que significa "sentir", "percibir por los sentidos" (Meillet y Ernout, 1959; Corominas, 1961). Según el diccionario de la Real Academia Española (1950) resentirse significa "empezar a flaquear", y también "tener sentimiento, pesar o enojo por alguna cosa". El resentimiento se refiere, primariamente, a un sentimiento desagradable o doloroso que se vuelve a sentir una y otra vez, que se repite al modo de una situación traumática y, secundariamente, a un estado de rabia o enojo impotentes.
El rencor, el encono y el resentimiento, aludirían al carácter de repetición, tenacidad y arraigo de un estado afectivo que se va reconcentrando a lo largo del tiempo, tornándose finalmente inelaborable.
A partir de su mayor o menor proximidad con las reacciones de ataque y lucha contra el enemigo, que configuran el acto motor justificado en la filogenia que nuclea a las emociones que hemos mencionado, sería posible establecer una gradación dentro de este grupo afectivo. La ira, la cólera y la furia parecen corresponder a una mayor fortaleza yoica y pueden acompañar a acciones eficaces de ataque o de castigo al adversario. La rabia, el enojo, el resentimiento, etc., parecen compatibles con un sentimiento de debilidad o de impotencia yoica, para realizar un lucha que resulte eficaz.
V - SÍNTESIS Y CONCLUSIONES
a. Síntesis
1) El estudio psicoanalítico de las funciones corporales y de las enfermedades orgánicas busca interpretar esos fenómenos como desarrollos equivalentes específicos de afectos que permanecen inconcientes. Intentamos realizar en este trabajo el camino complementario. Partimos del estudio de los afectos para introducirnos en la tarea de identificar los signos físicos que configuran la clave de inervación específica de cada uno de ellos, y en la comprensión del significado de esos signos como parte del acto motor, justificado en la filogenia, que los constituye.
2) Basándonos en los aportes de la teoría psicoanalítica de los afectos, afirmamos lo siguiente: