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Nuevo libro de gráficos de Luis Chiozza: "Tres edades de la vida"

"Mi cuerpo, los otros y yo"
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"El camino de los sueños"
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"Entre la nostalgia y el anhelo"
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AL LECTOR

La luz visible para nuestros ojos humanos es un infinitesimal campo de ra¬diaciones electromagnéticas que comprende las longitudes de onda entre 400 y 700 nanómetros (mil millonésimas partes de un metro) dentro de un espectro que no vemos (pero que llega de todos modos a nuestro cuerpo) que va desde las ondas gama, tres mil millones de veces más cortas, has¬ta las ondas de radio tres mil millones de veces más largas. Más allá de los 400 nanómetros, las mariposas que polinizan las flores “ven en colores” ultravioletas en los pétalos que nosotros vemos uniformemente blancos o amarillos, las marcas que les indican el acceso a las fuentes de néctar. Algo similar ocurre con nuestro rango de ondas audibles, que va desde 20 a 20,000 Hertz (ciclos de compresión de aire por segundo), mientras que los murciélagos, por ejemplo, sintonizan pulsos ultrasónicos para el oído humano y “escuchan” mediante el eco la localización de los insectos que atrapan con toda precisión. Otros organismos, como es el caso de algunos peces, “viven en un mundo” de electricidad galvánica con electro recep¬tores que les permiten percibir “medidas, formas y movimientos” en el agua oscura. Es pues a través del pensamiento que, construyendo instrumentos que amplifican la capacidad de nuestros sentidos, nos movemos en un espectro racionalmente construido, que abarca desde la trayectoria de una partícula subatómica hasta el nacimiento de las estrellas hace miles de años luz en distantes galaxias. El orden de magnitud que separa estas dos “percepciones” de la conciencia humana corresponde a un uno seguido de 37 ceros.

Frente a la inconmensurable complejidad del mundo se nos hace evidente que la más simple percepción de algo es siempre una interpretación, y que toda teoría, aun siendo lo mejor que la experiencia nos ha dejado como pensamiento operativo, y por más fructífera que sea en su funcionamiento cuando con ella enfrentamos la realidad que nos circunda, es siempre un punto de vista solamente entre los tantos posibles. Nunca antes este hecho incontrovertible se había presentado con tanta claridad a mi espíritu como me sucedió cuando habiendo logrado por fin (en Corazón, hígado y cerebro) “armar” el rompecabezas teórico del psicoanálisis en un conjunto que parecía otorgarle un lugar a cada pieza inicié, sin plena conciencia de hacia dónde me conducía la inclinación de mi ánimo, la fascinante experiencia de esquematizar el pensamiento en gráficos agregándoles, como una redundancia exterior al pensamiento racional, las imágenes visuales que mis sentimientos elegían.

Así se configuraron los esquemas que, acerca de las tres edades de la vida, contienen estas páginas. Con plena conciencia de que la vida es mucho más que todo aquello que en un momento dado pueda ser dicho acerca de ella, mi más ferviente deseo es que el lector pueda obtener, recorriendo estas páginas, una parte por lo menos del placer que yo obtuve al diseñarlas.

Luis Chiozza, octubre de 2009